Colombianidad

•Agosto 5, 2009 • 1 comentario

¿Honestos, trabajadores, inteligentes, solidarios, madrugadores, buena gente, recursivos, amables, talentosos? o ¿Traquetos, corruptos, violentos, oportunistas, delincuentes, paracos, gerrilleros, facilistas, maliciosos? Hay mil palabras para describirnos o señalarnos. A nosotros los colombianos quiero decir. ¿Habrá algún punto común entre los habitantes de este país, algo en lo que seamos iguales? Miremos. Un colombiano de clase alta, mira por encima del hombro al de clase media, el de clase media mira por encima del hombro al de clase baja y el de clase baja no tiene a quien mirar por encima del hombro, no tenemos nadie a quien mirar mal, por eso los pobres nos matamos unos a otros, nos matamos entre iguales. Porque lo que si tenemos en común los colombianos es una cosa: Somos pobres. Todos. Nadie está conforme con lo que tiene. O sea, lo único que tenemos seguro en este país, tan seguro como que nos vamos a morir, es lo único que no nos gusta. Claro, nadie nos puede culpar por eso. Ser colombiano es ser una contradicción. ¿Ya dije que somos facilistas?

 

Baner

A Dos Manos

•Julio 31, 2009 • 1 comentario

Sangre Azul

—¿Y por qué no matamos a las lesbianas?

—¿A las hembritas? ¿Y pa’ qué?

—Bueno, eso nos daría un punto de giro interesante…  además los gays están de moda… si las matamos, eso sería, de alguna forma, romper con los paradigmas. ¿Cierto?

—Uhmmm… si, eso me suena. Me suena full.

—Y ya tengo una idea de cómo matarlas.

—Tírala de una.

Dos mujeres se suben a un bus amplio y largo. Se ven afanadas. El bus está casi vacío. Se sientan una al lado de la otra y se toman de la mano. Una de las mujeres es alta, corpulenta, varonil, pero de rostro atractivo. La otra es delgada, esbelta, trigueña, coqueta, pelinegra. Afuera el tráfico es pesado, el ruido es intolerable. El conductor se abre paso como puede, el bus frena, acelera, arranca, pita, cruza, se atraviesa. La pelinegra, que está sentada junto a la ventana, mete la mano en su bolso, busca en uno de los bolsillos interiores y saca un espejo diminuto con marco de plástico fucsia y un lápiz negro, de los que se usan para delinear ojos. La otra, la corpulenta, la interroga con la mirada, así que su pareja, la coqueta, mete la mano de nuevo en el pequeño bolso, saca una barra de brillo labial y se la entrega. Con una pericia admirable, la mujer, que sostiene el espejo a diez centímetros de su cara, empieza a delinearse los ojos, manteniendo el equilibrio entre los intempestivos movimientos del bus. La mujer que está del lado del corredor, la varonil, se aplica brillo en sus labios delgados sin ningún problema. El bus acelera de nuevo. El bus frena. Los cuatro pasajeros que van en el bus se golpean las cabezas con los respaldos de la sillas. Un hombre obeso que está sentado en la última silla insulta al chofer. La señora que está diagonal a ellas las mira para compartir su indignación y se da cuenta que: La mujer varonil tiene el rostro rojo, muy rojo, y se toca el cuello desesperadamente. La otra está convulsionando. En su ojo derecho se ve la cola del lápiz delineador que le atravesó el cráneo. La señora está paralizada el susto. El rostro de la varonil se empieza a poner azul, pero ella intenta ventilarse agitando los brazos. El hombre gordo de la última silla se da cuenta de lo que pasa y levanta sus 158 kilos para correr la seis hileras de sillas que lo separan de ellas y prestarles ayuda, pero el bus frena de nuevo y cae de espaldas sobre el corredor. El gordo se levanta dolorosamente del piso, el bus frena de nuevo, pero el hombre se aferra a una silla y  llega hasta donde la dos mujeres. La coqueta ha dejado de convulsionar, su cabeza está apoyada contra el vidrio, está muerta. De la punta del delineador, en la parte trasera de su cabeza, pende una gota de sangre. El bus acelera. El gordo toma a la mujer  por la espalda, le pasa los brazos por delante del pecho y se lo aprieta con mucha fuerza. Los ojos de ella se ven totalmente blancos. La señora grita, pero el bus no se detiene, entonces empieza a agarrarse silla por silla, hasta que logra llegar a la cabina y  alerta al chofer. El bus frena con brusquedad. El gordo cae de boca contra la espalda de la mujer corpulenta, que yace inerte sobre el piso metálico del corredor. A unos centímetros del rostro morado de ella, se ve la barra de brillo labial nadando entre la saliva y los hilillos de sangre. La mujer ya no respira.

—¡Nojoda!… me gusta, está la verga, es radical, pero… o sea, ¿Cuántas mujeres se maquillan en el bus?

—Marica, en Bogotá eso se ve mucho. Cuando yo las veía haciendo eso rogaba que el bus no fuera a frenar de repente. Como allá nadie tiene tiempo les toca maquillarse en el bus…

—Ok, bien, pero te tengo otra idea que creo que también puede funcionar, pero es en una residencia.

—¿Residencia?

—En un Motel.

—¡Ahhhhhhhhh!

—¿Comienzo?

—Estoy esperando.

 “Ambiente Familiar” dice sobre el marco de la puerta de la entrada. El sonido del timbre es una melodía navideña. Una señora gruesa, con la piel roja, quemada por el sol, abre la puerta y sonríe con amabilidad a las dos muchachas que están frente a ella. La mujer más alta y corpulenta le sonríe de vuelta con sus labios delgados, brillantes y rosados. La otra mujer, que tiene los ojos grandes y bonitos, llenos de delineador negro, le pregunta por el precio. La señora de la piel roja las hace pasar. El corredor por donde caminan tiene paredes verdes. La humedad ha tumbado parte de la pintura. A medida que avanzan, el olor de una sopa de pollo se va apoderando del ambiente. Finalmente salen del corredor y entran en una sala cubierta por una luz amarillenta, en la que hay un grupo de tres niños que no pasan de los siete años viendo El Chavo en un televisor que tiene la imagen verdosa. Al lado del televisor hay una estufa, y sobre esta, una olla grande y humeante. Justo al lado de la sala está la habitación 103. La señora de la piel roja las hace pasar, les enseña la cama, que es más bien una base de concreto, cierra la puerta tras de ellas y se va. Hace mucho calor. La mujer más alta enciende el ventilador. Las tres astas que cuelgan del techo empiezan a moverse lentamente. La muchacha del delineador negro en sus ojos abre su bolso y saca una crema. La de los labios rosados se desnuda con afán. Cuando se han quitado toda la ropa y se encuentran sentadas sobre la cama, la del delineador le pide a su novia que baile para ella. Con un poco de timidez, la mujer de los labios brillantes comienza a moverse con torpeza y se va levantando poco a poco hasta que… Vio un gesto desesperado en los ojos que estaban inundados en delineador negro, pero ya era tarde, estaba totalmente erguida. Algo crujió. El aspa la golpeó a un lado de la cabeza, desgarrándole el cuero cabelludo casi hasta las cejas. El ventilador regó la sangre y los sesos por toda la habitación. Mientras Don Ramón le pegaba al Chavo del Ocho, una mujer desnuda y empapada en sangre, con los ojos llenos de lágrimas, salió de la 103 arrastrando por los brazos a otra mujer desnuda y pesada con la cabeza abierta en dos. La señora de la piel roja regañó al niño mayor porque estaba desconcertado, mirando las tetas del cadáver.

—¡Bien, bien!… eso llama la atención el público, ¿Pero no se supone que teníamos que matarlas a las dos?

—¡Mierda si!

—Y que tal si…

♦♦♦

—Oye… ¡¿Y si mejor matamos a los escritores?!

—¿Cómo así?

—O sea, ¿A quién le interesa la historia de dos escritores sin talento? 

—Umhhh… si, tienez razón… bueno… ¡Ya tengo otra idea…!

 

Baner

La Higiene de los Buses

•Julio 29, 2009 • 4 comentarios

Bogotá es una ciudad en la que se ven cosas extrañas, pero hay algo, quizás no tan extraño, que llamó mi atención desde que llegué a la capital de Colombia: Cuando en un bus alguien desocupa una silla, la persona que está de pie, aguardando a que un pasajero se baje para poder sentarse, espera un tiempo prudencial, de unos diez segundos o más, antes de usar la silla. El proceso es el siguiente: La persona se apoya contra el respaldo de la silla y con el soporte de sus pies se mantiene casi recto,  de tal manera que las nalgas quedan en el aire, separadas de la silla como a unos quince centímetros. Pasados unos segundos, procede a sentarse. Todo esto se trata, según los bogotanos, de una sana costumbre que los mantendrá a salvo de cualquier enfermedad de transmisión anal. Es normal ver a la mamá que regaña con genuina preocupación a su hijo por no esperar lo suficiente a que el puesto se enfríe. Ahora los pasajeros no solo tienen que defenderse de los rateros y hampones que azotan a los buses de servicio público, sino que tienen que estar alertas, para poder mantenerse a salvo de cualquier peste, microbio, virus o lombriz que puedan dejar en las sillas los pasajeros que se van bajando. Para ayudar a esclarecer cual es el mejor método para mantener a raya a cualquier visitante indeseado en nuestro organismo, le rogamos que responda la siguiente encuesta. Es un problema de todos.

 

Baner

The Wrestler

•Julio 29, 2009 • Dejar un comentario

El Luchador

The Wrestler (El Luchador) es la última película del director Darren Aronofsky (PiRequiem for a Dream)  y fue estrenada, por fin, en Colombia el pasado 25 de julio. Esta cinta, que es un salto narrativo de lo que venía haciendo Aronofsky, es más el retrato de un personaje que la historia de una ex-estrella arruinada que empieza a envejecer dentro del mundo de la lucha libre de tercer nivel en busca de redención; lo cual no le resta mérito alguno, de hecho Mickey Rourke, el omnipresente protagonista, hace de Randy “The Ram” Robinson uno de los personajes más estropeados, defectuosos, humanos, carismáticos y queridos que se hayan visto en muchísimo tiempo, así que la historia es el personaje, y que personaje. Aún así el relato no es accesorio, sino sencillo, creíble, crudo, y termina siendo un magnífico telón de fondo que el director aprovecha para zambullirnos en los defectos y virtudes de Randy Robinson, el hombre, y en los temores y esperanzas de The Ram, la ex-gloria de la lucha libre que vive en el pasado. The Wrestler es una película hermosa, lacónica, de esas que llaman honestas, que no busca sorprender porque si, que no busca lágrimas en el público, pero que conmueve de una manera real y profunda.

 

Baner

Águila Solitaria en Bogotá

•Julio 24, 2009 • 3 comentarios

Águila Solitaria es un indio piel roja que fue enseñado a volar por un águila imperial. Es el único sobreviviente de una tribu que fue masacrada por hombres blancos cuando el apenas era un niño. Tiene los ojos azules, cuerpo de estatua griega y habla español. Es una mezcla perfecta entre Clint Eastwood y Pedro Infante. Rocky Morgan es un cowboy tuerto con un garfio en la mano izquierda y fue quien calcinó al jefe Nube Blanca, el padre de Águila Solitaria, delante de sus ojos. Morgan es el enemigo mortal del guerrero vengador piel roja. Víctor Fox es el creador de estos personajes de historieta, es mexicano y no se llama Víctor Fox, su verdadero nombre es Héctor González Dueñas.

Me bajo del Transmilenio en la estación de la Avenida Jiménez. Hace más frío de lo habitual. Como siempre, hay un mar de gente que no deja ver nada que esté a más de cinco metros. Salgo de la estación, camino hacia la Plaza de San Victorino y empiezo a buscarlos. La plaza está más llena los sábados. La gente se mueve en todas las direcciones. Hay en el cielo pequeñas nubes grises que parecen perseguirnos a todos. Me detengo en una esquina con un amigo que me acompaña y miro una vez más todo el lugar, pero no puedo ubicarlos. Decido caminar en dirección a la Décima y cuando apenas he dado unos pasos, una melodía se me atraviesa. No logro identificar la tonada. Ellos nunca cantan, así que me gusta adivinar las canciones… Espera un segundo, espera un segundo, la tengo en la punta de la lengua… llega navidad y yo sin ti/en esta soledad/recuerdo el día en que te perdí/… Me dejo guiar como una caricatura de Disney se deja arrastrar por el olor y llego hasta una escultura metálica de Edgar Negret, que al parecer es una mariposa. El sonido se hace fuerte. Huele a orín. Al lado de la escultura hay un círculo de personas, y dentro del círculo está lo que estoy buscando. Repaso las preguntas en mi cabeza. ¿Saben ustedes que jamás existió una tribu llamada piel roja? Me abro paso en medio de dos ancianos y logro verlos. Descubro tres niños de piel cobriza parados frente a los micrófonos. Están vestidos como nativos norteamericanos y llevan zapatos deportivos. Los tres tienen el cabello hasta los hombros, recogido con un moño y debajo de las prendas de mala imitación de cuero se ven camisetas de algodón con estampados coloridos. El mayor, que está al otro extremo de donde me ubiqué, parece tener unos dieciocho años y sostiene una quena. El del medio sostiene lo que parece una zampoña que da la impresión de estar hecha con tubos de hierro pintados que lucen como madera. A este le pongo unos dieciséis. El último es el menor y el más bajo de todos, no creo que tenga mas de catorce, sostiene sobre su barriga una especie de tambor, como un bombo mas bien, que es casi de su tamaño  y que el golpea monótonamente para llevar el ritmo. Es el único de los tres que no lleva esa especie de tiara con plumas que vemos en las películas de indios. ¿Consideran lo que hacen, una traición a sus costumbres? A los pies de los niños hay una tela fibrosa, gruesa de mil colores sobre la que hay muchos discos compactos en filas perfectas. El círculo que los rodea debe estar hecho de unas veinticinco personas que escuchan condescendientemente, pero concentrados, las melodías. En medio del círculo pasan personas afanadas que rompen esa débil intimidad.

Águila Solitaria en Bogotá

La canción se acaba y el muchacho mayor deja de tocar la quena y se acerca al micrófono para dar las gracias, pero lo dice de una manera tan impersonal, que mezclado con ese acento típico de las personas que viven del departamento de Nariño hacia el sur, más que un agradecimiento, parece una súplica. Ahora se agacha, abre un morral de tela, saca un Minidisc, lo mete dentro del reproductor, aprieta el botón, la pista empieza a sonar y otra melodía conocida llega nítida a la plaza a través de de dos parlantes JBL que están puestos sobre unos trípodes a mas de un metro de altura. Creo que ver un atrapasueños al lado del morral. Hasta que te conocí/vi la vida con dolor/no te miento fui feliz/aunque con muy poco amor/y muy tarde comprendí… El sonido sale cargado con una especie de eco de algodón de azúcar, que el público, a juzgar por sus caras, encuentra ¿tierno?

Mientras que la gente sigue atravesando el círculo, un hombre como de 1,65 metros de estatura, que supongo es el padre de los niños, se pasea con las manos llenas de discos compactos. Tiene el cabello largo, hasta la mitad de la espalda, una camiseta azul cielo, un chaleco sintético negro y un jean ancho al estilo hip-hop y las cejas caídas, por lo que tiene un gesto de tristeza impuesto. ¿Cuando ven una película del oeste, le van a los vaqueros o a los indios? Cada vez que pasa frente a mi, levanta sus cortos brazos para llevar hasta la altura de mis ojos las carátulas de los discos. Ojos Azules, alcanzo a leer en uno de los compactos. Los álbumes son coloridos, con paisajes montañosos, llenos de bruma y están contenidos dentro de bolsas plásticas inmaculadas y perfectamente dobladas. El hombre sigue caminando en círculos dentro del círculo de personas, como si a cada nueva vuelta encontrara nuevos clientes. La canción se acaba.

—Gracias. Cinco o seis personas aplaudimos. El sonido de las palmas se pierde en San Victorino.

Nuevamente, el muchacho de la quena se agacha y saca otro Minidisc. Los disfraces les quedan grandes y cuando un rayo de sol se cuela, la cuerina brilla, y me fijo en las costuras sueltas y sucias. Un señor que lleva de la mano a un niño de unos cuatro años llama al que vende los discos.

—Déjemelo en 8.000

El vendedor acepta. El comprador se va, pero aparece 20 segundos después.

—Mejor cámbiemelo por el de Ojos Azules.

¿Dónde hacen las grabaciones? Estoy esperando el momento propicio para hablar con ellos. Every night in my dreams/I see you/I feel you/That is how I know you go on. La melodía de Titanic invade la plaza. Parece que va a llover. ¿Donde guardarán los parlantes? ¿La planta eléctrica? Estoy mirando el suelo y veo como una gota cae sobre una de las botas Diesel que mi papá me regaló hace una semana. Estoy avergonzado, debería estar pensando en otras cosas. ¿Son caros esos parlantes JBL? Otra vez los discos pasan frente a mis ojos. Cuando viene la parte de la canción donde Celine Dion canta and my heart will go on and on el muchacho mayor se agacha, recoge un instrumento hecho con pesuñas atadas unas a otras, y sacudiéndolo sin compromiso, acompaña el éxtasis de la canción. No veo fuegos artificiales en sus ojos.

—Gracias. Cinco o seis personas aplaudimos.

Se han acabado varios cigarrillos, pero parece que faltan muchos más para que se detengan. And I will always love you/I will always love you… El niño que toca el tambor que es casi de su tamaño, se ve más distante, cansado. Creo que ya han pasado como doce canciones. Creo que el momento del descanso no existe. Más ecos melosos.

—Gracias. Cinco o seis personas…

Vuelven los ecos azucarados. Ya no se sabe cual canción es cual. Los niños y su padre son  un diorama pesado, eterno. Indios en loop. Ya no puedo esperar. Meto la mano en la mochila Arhuaca que me regaló mi novia y saco una libreta de apuntes, souvenir de INforma Models y me acerco al vendedor de discos justo después que le acaba de vender otro disco de Ojos Azules a una señora.

—¿Me puede atender un minuto? Sin mirarme me dice:

—No.

Me presento y le digo, convencido que no se negará, que es para una revista, una entrevista para una revista. Levanta un poco la mirada y me examina. Parece que estoy captando su atención. Me mira de pies a cabeza, como yo lo miré a el y a los niños desde que llegué, con algo que está más allá de la lástima. Luego, me dice con una voz casi infantil, con una voz que casi no es voz.

—No. Y sigue vendiendo sus discos.

—Pero… —Ya no me escucha—

Soy su enemigo mortal. Soy Rocky Morgan. Ya empieza a oscurecer. Tengo que ir a otra parte, me digo, así que decido ir hasta la Séptima a calmar mi curiosidad, y en el trayecto:

La temperatura sigue bajando. Un hombre que corre casi desnudo es perseguido por unos policías bachilleres. El semáforo se pone en verde. Una jauría de personas cruza la Décima. Pienso en los nombres que nadie recuerda. Miro mis botas sucias en el reflejo verdoso del agua que corre canalizada por la Jiménez. Pienso en Buffalo Bill’s Wild West. Los cientos de nubes se convierten en una sola. Huele a mierda. El cielo se torna azul. Las lámparas se encienden. Una luz de sodio arropa todo. Los inmensos edificios con fachadas de mármol se hacen amarillos. Bogotá es una foto en sepia bajo un portarretrato azul cielo. Un Transmilenio atropella la foto.

Águila Solitaria

En la esquina donde está la Iglesia de San Francisco, justo en frente del Banco de la República y al lado de un grupo de personas que está concentrada en una carrera de hamsters, se escucha El Humaguaqueño, una melodía que conozco porque una amiga me presentó la versión hecha por un tipo que se hace llamar King África. El cuadro es bastante similar. Hay tres integrantes. Esta vez quien toca esa especie de bombo, es una mujer como de treinta años que tiene la misma expresión de aburrimiento y cansancio del niño de San Victorino. Debe pesar demasiado ese aparato. Ella lleva una ruana de rombos azules, un jean ajustado que deja ver un buen cuerpo y unas botas de gamuza marrón que le llegan hasta la rodilla. Los tipos visten prendas que parecen originales. Son de cuero y de buena confección. Los dos tienen grandes plumas sobre la cabeza. Los zapatos, parecidos a los que se conocemos como “Apaches”, también son de cuero y tienen un tono terroso igual al de las prendas que usan. Hay dos parlantes JBL negros, idénticos a los que acabo de ver hace un rato. La canción se acaba.

—Espero que les haya gustado. Dice el más alto con voz y actitud de locutor de emisora tropical. —Hay que apoyar el folklore de nuestros ancestros amerindios. Ahora quiero mostrarles un baile tradicional de los indígenas de Norteamérica, que se llama: Breakdance…

—¡Breakdance! —Le grito a mi amigo—

—Rain Dance. —Me contesta—

—No me sorprendería que dijeran Breakdance.

Los dos se lanzan al espacio que el público deja delante de ellos y casi agachados, giran sobre si mismos, bailan en pequeños círculos, baten las plumas en su cabeza y dan pequeñas palmadas epilépticas sobre su boca, mientras la mujer marca el compás. Unos segundos después vuelven detrás de los micrófonos y acompañan con sus instrumentos de viento, la pista que suena a través de los JBL. A diferencia de los niños parecen ser más concientes de lo contradictorio de su show. Parecen tenerlo todo perfectamente ensayado y coreografiado, pero hay mucha menos gente viendo el show de ellos. Quizás hallan diez personas. El locutor parece disfrutar lo que hace.

Una mujer de veintitantos años de cabello castaño claro y rizado, es la que se encarga de caminar dentro del círculo. Va vestida de blanco y parece sacada de una comuna californiana de los años sesenta. En una mano lleva los discos, y en la otra un cesto de paja oscuro, lleno de monedas. Se acerca a nosotros con la cara más amable de la semana y me ofrece los discos, que también tienen un empaque cuidado y simétrico. Los compactos están tan cerca de mi cara que puedo sentir el olor a nuevo. Los vende a 10.000 pesos. Saco unas monedas y las dejo caer en el cesto. Cuando me dispongo a preguntarle que si están dispuestos a dejarse entrevistar, un anciano la llama y le pregunta por:

—¿Ojos Azules? ¿Lo tiene?

El anciano recibe el cambio y la muchacha se acerca de nuevo. Cuando le pido lo que necesito, ella me dice que para eso tendría que hablar con él. Señala al que tiene voz de locutor. Pero tengo que esperar a que descansen, me dice. OK. No hay problema. Me duelen las piernas. ¿Cuánta plata ganarán en un día?

—Hoy con nosotros van a recordar temas clásicos como, Polvo en el Viento, Vientos de Cambio, Hey Jude…

El público no responde muy bien, un par de aplausos se escuchan. Al parecer están más interesados en apostar a los hamsters que corren como pelotas desinfladas hacia madrigueras plásticas de colores neón. Ya la noche se instaló.

La pista suena, y de nuevo ese eco meloso inunda la Séptima. La melodía es… Chiquitita dímelo tu/en mi hombro aquí llorando/cuenta conmigo ya/para así seguir andando… No puedo evitar reírme. Indios enlatados, con códigos de barra y canciones de Abba. ¿Usarán algún instrumento original?

—Es bueno, que conozcamos un poquito de nuestros ancestros, y para eso, vamos a interpretar esta hermosa canción en ritmo de huayno, Ojos Azules.

No entiendo por que le gusta tanto a la gente, es un tema simple. Todo lo que ha sonado tiene el mismo estilo condescendiente. Unas quince personas que están absortas escuchando, salen del trance cuando se acaba la canción y aplauden como si acabaran de ser anestesiados. El locutor se quita las plumas de la cabeza, mientras los otros dos se sientan en el suelo y se apoyan en la pared de la iglesia. Pensé que esto nunca se iba a acabar. Me acerco y estiro la mano para presentarme. Mientras el locutor me mira de pies a cabeza, saca una peinilla de no se donde y se peina de la misma manera que lo haría Jason Priestley en un capitulo de Beverly Hills 90210. Luego de unos segundos eternos, estrecha mi mano con cierta prevención.

—Es para una revista. Le digo sin saber que hacer.

Su prevención desaparece, la mia no. Pensé que tal vez se llamaría Jack, o que se presentaría con un seudónimo rimbombante, como Víctor Fox, o algo así, pero su verdadero nombre es Juan, y parece no avergonzarlo. Se acomoda el copete con la mano y me dice que esta noche no puede atenderme, pero que mañana temprano con mucho gusto me puede ayudar. Le pido que me de su número telefónico y mientras lo anoto, el locutor empieza a desabotonarse el pesado traje de cuero, que va dejando ver poco a poco, una camiseta negra que tiene estampado el indio de los cigarrillos Piel Roja. Debajo del famoso logo del indio de perfil, alcanzo a leer un eslogan que dice “De tierra nuestra”.

—Mañana temprano te llamo.

—Listo.

Parece que ya no lloverá. Me alejo caminando por la Séptima.

¿Sabrá que los cigarrillos Piel Roja fueron comprados por la tabacalera dueña de Marlboro?

Todo se ve borroso. Los tragos de anoche no me dejaron dormir bien. Afuera todo parece hecho de niebla. Enciendo el calentador del agua. Hace mucho frío en mi cuarto. Me visto y entro al baño a orinar. Aún se siente la tibieza del agua. En el techo cuelgan gotas de agua condensada. Me cierro la corredera del jean. Cuando voy salir, escucho una voz.

—No necesitas esas respuestas.

Me devuelvo buscando algo y veo el espejo con toda esa agua condensada, escurriéndose, haciendo que mi reflejo se vea torpe y deforme.

—No necesitas esas respuestas.

Limpio el espejo con una toalla. Me  miro y me digo.

—¿Porqué?

—Mírate, tú no eres solo Rocky Morgan.

Me miro, pero no en el reflejo. Veo una mochila Arhuaca, un gaban azul plomo, una libreta de INforma Models, unas botas Diesel con un indio mohicano en el logo, un ejemplar de Lunar Park de Bret Easton Ellis y un celular en el que suena una canción de Diomedes Díaz. La herida que siempre llevo en el alma no cicatriza/inevitable me marca la pena que es infinita…

—Lo único que te hace falta es volar.

—Y ojos azules.

Publicado en Revista LabraPalabra, julio de 2009

 

Baner

Pequeño Concierto Digital Para Pantallas LCD

•Julio 17, 2009 • Dejar un comentario

Cada vez que abro una revista, veo artefactos perfectos, de oro blanco o acero o titanio, con sus segunderos y minuteros, fases lunares y cronógrafos, con historias detrás, hechos por maestros suizos desde tiempos remotos. Son joyas que te recuerdan quién eres. Mi papá siempre dijo que un buen reloj era algo para toda la vida. Yo siempre he usado relojes que no necesitan cambio de baterías, ni reparaciones, relojes que no importa si se rallan, relojes desechables. Excepto uno.

Una caja gris y alargada viajó en el bolso de cuero de mi tía desde de New York hasta Caracas, pasó por Maracaibo, Maicao, Cuatro Vientos, El Paso y llegó hasta Arjona, corregimiento de Astrea. Ella me entregó la caja y la abrí de inmediato. En el interior vi un reloj negro, todo de caucho, burdo, con una pantalla rectangular de LCD más grande de lo habitual y un botón rojo intenso a un lado. En la parte baja de la pantalla estaba la hora, y sobre los números, en el extremo derecho, se veía la silueta, delgada y negra, de un hombre con el tronco y los brazos rojos. Como mi cara de sorpresa no fue suficiente, mi tía me dijo que apretara el botón que estaba al lado. Un riff polifónico de Beat It empezó a salir del reloj, y la silueta de la chaqueta roja empezó a deslizarse intermitentemente por entre los electrodos, flotando sobre los pixeles con gracia y delicadeza, moviéndose por toda la superficie de esa pulgada cuadrada, haciendo un loop de cinco pasos de baile durante diez segundos. Cuando la música se detuvo, mi abuela, mis primos, la gente, todos, me estaban mirando sorprendidos. Apreté el botón rojo de nuevo y le mostré el reloj a cada uno. Luego tome un clavo y le hice un hueco en la manilla para que me ajustara bien y no se me perdiera.

Me fui corriendo lo más rápido que pude hasta donde mis amigos, y sin decir nada, apreté el botón rojo… Todos hicieron un círculo a mí alrededor y se empujaban para ver bien lo que sucedía dentro del reloj. Wicho, el hijo del carnicero dijo:

—¡Nojoda, ese man si baila!

Durante varios días, hicimos caravanas por todo el pueblo, mostrándoles a todos el reloj. Una niña fea que me gustaba, me habló con cariño por primera vez. Me lo trajo mi tía… De Niujork, le dije.

Todas las noches, antes de que se ocultara el sol, encendían la planta, que funcionaba con ACPM y le daba energía eléctrica a todo el pueblo hasta la medianoche, entonces, nos reuníamos en alguna casa, veíamos Los Diez Mejores de la Música y esperábamos todo el programa para poder ver el video número uno, que siempre era de Michael. Luego íbamos al parque y mientras el beat mecánico de la planta eléctrica, junto al zumbido de los ventiladores, se escuchaba en todo el pueblo, como una especie de bajo funky monótono y bizarro, yo apretaba el botón rojo las veces que fuera necesario para que los demás intentaran hacer, una y otra vez, el Moonwalk sobre las deterioradas bancas de granito pulido. Ahí en el parque nos quedábamos todos hasta que se hacía tarde y nos obligaban a entrar. Aunque mi abuela me advirtió que dormir con un reloj puesto era malo para la circulación, no le hacía caso. Mi única preocupación era que se le acabara la batería. Lo primero que hacía al despertarme era limpiar la pantalla con la sábana.

Caminante Lunar

Un mediodía nos fuimos a bañar al Café con Leche, un pozo que llamaban así por su color. Éramos un grupo grande.

—¡El último que entre al agua es marica!

Nos quitamos la ropa y nos lanzamos de cabeza hasta el fondo. Allí, debajo de esa agua con sabor a tierra, que no dejaba pasar el sol, recordé que no me había quitado el reloj. Ojalá sea a prueba de agua, pensé asustado. Nadé rápido hasta la orilla, me lo quité, lo miré por un segundo y noté la silueta blanca del reloj sobre mi muñeca, contrastando con el resto de mi piel, oscura y quemada. Lo tendí sobre una rama de mataratón para que le diera el sol y esperé a que se secara. Cuando los demás se dieron cuenta, se preocuparon. Se veía como poco a poco se iban formando dentro de la pantalla, pequeños nimbos de vapor que opacaban a Michael y lo hacian ver cada vez descolorido.

Cuando El Sol de los Venados, como llamaban al sol rojo que se veía en esa época del año, ya estaba en el horizonte, ocultándose por la vía de Astrea, dejamos el pozo, y el paisaje rojo, pobre y bello, me dio ánimos para tocar el botón. Pedí con todas mis fuerzas que funcionara.

La melodía de Beat It había perdido la mayoría de sus notas, Michael se movía tembloroso desordenado, borroso, desapareciendo a intervalos, chocando con las paredes del reloj como si no supiera bailar. El hombre que estaba dentro del reloj se comportaba extrañamente. Sentí rabia y un dolor vacío en el estómago, pero contuve lás lágrimas. A medida que el reloj se deterioraba, el Michael de cristal líquido se parecía más a ese hombre raro y pálido que salía en la televisión. Poco a poco el gris se apoderó de todos los pixeles y nunca lo volví a ver, pero seguí todo el tiempo que pude sin quitarme el reloj, guardando la esperanza de que cantara de nuevo, hasta que mucho después, el hueco que le hice para que me ajustara bien, fue partiendo la manilla y el reloj se zafó de mi mano y se perdió.

Nunca me importó darme cuenta que el reloj no había sido comprado en New York, sino en Maicao o que no pudiera responder cuando me preguntaran la hora o que ya no estuviera en mi muñeca, nunca me importó nada, porque era un buen reloj, y los buenos relojes son para toda la vida, no son para dar la hora, son atemporales, como ese pequeño hombre de LCD que fue desvaneciéndose en la pantalla.

Q.D.E.P.

 

Baner

Watch TeVé

•Junio 12, 2009 • 1 comentario

La Televisión nos vé

 

Baner

XXX

•Junio 8, 2009 • 2 comentarios

Los tacones, delgados como agujas, desgastados, se le hunden en la tierra y la hacen ver torpe e incómoda. El zumbido se hace más fuerte. Se acerca a la torre, y cuando levanta la cabeza, ve como el cielo, entre rojo y sepia, contrasta con los gusanos eléctricos que aparecen a intervalos irregulares en lo alto de la estructura metálica. Unas semanas atrás, escuchó en algún lado, que las personas que vivían cerca a redes de alta tensión, podían desarrollar un cáncer. Cáncer de piel, piensa. En el suelo, hay por todas partes, bolsas plásticas, azules o rojas, medio enterradas, que la brisa mueve levemente. Si ella hubiese escuchado sobre Chernobyl, hubiese descrito el lugar por donde caminaba como un Chernobyl poético.  El zapato izquierdo se le llena de tierra, piensa en quitárselo para limpiarlo, pero todo está muy solo. Su cuerpo aún tiembla. Mete la mano en su bolso de imitación de Gucci y toca el celular, lo siente, lo acaricia. En la oscuridad, una sombra se le acerca.

Los zapatos la incomodaban. Tal vez podría comprarse unos tenis para usarlos cuando saliera del trabajo, pero los tacones le hacían ver el culo más grande. En eso estaba pensando cuando vio su reflejo en tonos rojos y verdes sobre un rectángulo de vidrio empañado con la grasa de mil dedos. La vitrina, que tenía en su interior una luz de neón roja y una verde, estaba llena de celulares. Entró al estrecho local, se acercó al vendedor y le señaló la vitrina. El vendedor sacó unas llaves del bolsillo de su pantalón, abrió la vitrina rojo-verdosa y le mostró un celular negro. Aunque el vendedor nunca se acordaba de ella, era por lo menos la quinta vez que entraba a preguntar por el teléfono en el último mes.

—Última generación. Dijo el vendedor. —Reproductor mp3…

—¿Cuánto vale? Preguntó excitada. Sabía de memoria todas las especificaciones técnicas. Sabía el precio.

—Vale c… (Un camión pasó a toda velocidad, pitando) …Pesos.

Un hombre, a toda prisa, entró al lugar y se acercó al vendedor. El hombre sudaba, estaba alterado.

—¡Es la última vez que vengo aquí! ¡Deme mi plata!

—Señor, ya le dije que…

—¡Qué me de mi plata! Grita el hombre.

El vendedor, asustado, regresó el celular a la vitrina.

—Espéreme un momento. Dice mirándola.

El vendedor se fue a un rincón del local a conversar con el hombre. Ella continuó mirando el celular, que flotaba entre la niebla de neón y se dio cuenta que la vitrina había quedado sin llave. El corazón se le aceleró. Miró a sus espaldas. El vendedor trataba de calmar al hombre, que parecía más molesto. Las manos empezaron a temblarle. Con mucha suavidad, abrió la pequeña puerta de la vitrina y sacó el celular. Lo guardó en su bolso color aguamarina. Es una muy buena imitación, pensó.

Ya regresamos con: XXX

Cerveza Strato

Continuamos con: XXX

—Otro día vengo. Dijo con la voz quebrada, casi inaudible, y sin mirar al vendedor. Sus piernas temblaban. Se  subió al primer taxi que vio.

—Yo hasta allá no me meto. Le dijo el taxista. —Si quiere la dejo en la entraba, por la avenida.

Ella asintió. Tenía la mano sobre el bolso, pero no se atrevía a sacar el celular, porque acababa de pensar en algo:

Celulares de exhibición. Los celulares que vemos en las vitrinas, son solo formas, señuelos con forma de teléfonos móviles, caparazones. Así que tiene miedo de verlo, miedo de decepcionarse. Pero se dijo una y otra vez que no podía ser.

—¿Y si lo saco y salgo de dudas? Quizás me lo robe el taxista. Se dijo.

Cuando se bajó del taxi la primera sensación que tuvo, fue la sus tacones hundiéndose. A lo lejos vio la punta de la torre de alta tensión. El lugar donde se encuentra la torre, es un lote baldío y oscuro, es el puente que comunica a la ciudad y el barrio casi rural donde ella vive.

Una sombra se acerca a ella. Deja de acariciar el celular. Aprieta el bolso con mucha fuerza. La sombra es un tipo alto que acaba de pasar a su lado. El tipo se aleja. El tipo se detiene. Está a sus espaldas. Ella camina más rápido, pero siente que se acerca, siente su olor, escucha sus pasos, siente que está a punto de tocarla. Está paralizada. El zumbido de los gusanos eléctricos es lo único que escucha.

—¡Que me entregue el bolso! La voz suena como un eco en la lejanía.

Siente un tirón fortísimo en el bolso. No lo suelta. Siente algo cerca a su cuello. Algo frío toca su garganta.

—Por favor, por favor, no me haga nada. Los labios se le secan.

El tipo la huele.

—Acuéstese.

Ella se acuesta. El se deja caer sobre ella y empieza a apretar su pelvis contra la suya.

Desde donde está acostada, puede ver los hilos azules que desaparecen para irse por cables pesados y curvos hasta otra torre y hasta otra. El tipo huele bien. Se siente culpable. El tipo se mueve con más fuerza. Protectores de pantalla, María Farina, plástico, arroz blanco, lámparas de sodio, tengo hambre, taxímetro, cáncer de ovarios, gusanos espectrales. Tiene que pensar en otras cosas. Parapolítica, calor, sillas Rimax, televisión por cable, condón, cáscaras de plátano, rápido, 840, sopa, cámara de 3 megapixeles, saliva, 10.000 voltios. El tipo tiembla, respira incómodo, se mueve más rápido, se abre el pantalón.

El semen se resbala sobre su falda hasta que una pequeña gota toca su piel. El tipo se cierra el pantalón, descansa un instante y mira a su alrededor. De nuevo, intenta quitarle el bolso, pero ella lo tiene bien agarrado. El le da dos patadas en las costillas.

En una casa pequeña con paredes grises, sin pintura, un hombre mayor y dos niños adolescentes, sentados en un sofá rojo, con un ventilador a toda  velocidad, estarán viendo una telenovela. Una mujer con un uniforme gris, con la falda mojada y un par de tacones en las manos, abrirá la puerta que da a la calle. El hombre mayor, al verla, asustado, le preguntará:

—¿¡Qué te pasó!?

—Me robaron el celular.

 

elcuadernopixelado banercito