Tolerancia

•Agosto 18, 2009 • 1 comentario

Siempre, en todas partes, se habla de tolerancia. Vemos campañas en contra de la discriminación, en la radio, la televisión, en conciertos, en la calle, en la sopa, en la boca de los políticos y los curas, en la Internet, en los desfiles de moda, en una T-shirt… pero parece que la cosa sigue igual. ¿O no tanto? De hecho, las personas con una condición diferente son recibidas con los brazos abiertos por muchos. Me explico: hoy todos quieren tener una amiga lesbiana o un amigo marica o un confidente indigente o uno que sea las tres cosas a la vez, pero se acercan a estas personas por los motivos equivocados, porque para algunos, tener como amigo a una persona diferente es el equivalente a tener un amigo popular en el colegio, un acompañante que pondrá las miradas, por rebote, sobre ellos. Usan a las personas para quitarse los rótulos de la intolerancia, como si compraran indulgencias. Además ser marginal está de moda, y no es una moda pasajera según parece. Si no eres marginal, estás fuera de lugar, no se es tolerante con quién supuestamente entra en el molde. Es como si crecieran nuevas formas de discriminación en los arbustos que regamos con paciencia día a día. Para muchas de las personas de “mente abierta” estas tipos marginales siguen siendo “mi amiga, la indigente” o “mi amigo, el adinerado” o “mi amigo, el que vive en el sur”, pero jamás  los presentan como  “mi amigo, a secas”. Seguimos siendo casi tan intolerantes como unos años atrás, seguimos mirando de reojo a quienes caminan por la otra acera, y la carretera que hay que recorrer es larga y faltan muchas generaciones para llegar hasta el final de este camino. La tolerancia es una  postal de lugares que aun no existen.

Y ya que nos hemos sincerado y aceptado que somos machistas, brutos y sectarios (y si eres un hombre heterosexual) responde la siguiente encuesta.

 

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Coco-Cola

•Agosto 17, 2009 • 1 comentario

Coco-Cola

 

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Fotografías

•Agosto 16, 2009 • Dejar un comentario

Un árbol de mango, chorizos en aceite hirviente, una telaraña en un rincón oscuro, dos gotas de agua resbalándose por la ventana, el desierto, una puerta pintada de rojo, el sol en diciembre, un cadáver en un basurero, un hombre celebrando un gol, una camioneta último modelo, tres sábanas secándose a contraluz, una familia pobre cenando, una mujer hermosa con camiseta amarilla, un filamento de 120 vatios al rojo vivo, un culo desnudo y perfectamente redondo, un niño que sonríe sin dientes, una herida con dos puntadas sobre un parpado, una lata de Coca-Cola helada, un paisaje inundado hasta el horizonte, un aviso de neón que dice “siga”, el olor de un libro nuevo, la palabra oblivion.

 

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Mi Papá me Mima

•Agosto 15, 2009 • 1 comentario

Mi papá me mima y me peina en las mañanas antes de ir al colegio, con delicadeza pone su mano en mi barbilla para que no me mueva y pacientemente me da un look de niño bueno con una raya perfecta pero al verlo arreglarse frente al espejo me he dado cuenta que está llegando mi turno, porque veo como él va cediendo, me doy cuenta que la rabia lo abandona y que volverá a ser un niño que necesitará que lo peinen.

 

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Mi papá me mima y me conciente
Y me peina en las mañanas antes de ir al colegio
Y con delicadeza pone su mano en mi barbilla para que no me mueva
Pacientemente me hace un look de niño bueno con una raya perfecta
Hoy me he dado cuenta que está llegando mi turno 
Porque veo como él va cediendo 
Como se vuelve más frágil
Como vuelve a ser un niño que necesitará que lo peinen

Soft Beat

•Agosto 13, 2009 • Dejar un comentario

 

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¡Un Poco de Tragedia por Favor!

•Agosto 12, 2009 • Dejar un comentario

Durante los últimos días el tifón Morakot ha golpeado a Filipinas, China y Taiwán. 62 muertos, 35 heridos, 57 desaparecidos, 1.4 millones de personas evacuadas, 10.4 millones de personas afectadas, 1.58 millones de personas sin suministro eléctrico, más de 400 mil hectáreas de cultivos dañados, inundaciones, edificios derrumbados. Al parecer los desastres naturales solo sirven para matar personas, hacer miserable la viva de los que quedan vivos y hacer sentir mejores personas a los que miramos a las víctimas agonizar por televisión o por Internet. Cada vez que un nuevo desastre ocurre, una carrera entre el deseo de ayudar, la lástima, la confusión, el espectáculo, la compasión y en algunos casos, el gusto estético, toma lugar. The Big Picture es una sección de la página web del periódico bostoniano The Boston Globe. Cada lunes, miércoles y viernes aparecen en esta sección reportajes gráficos de eventos de todo tipo a nivel mundial. Este lunes 10 de agosto apareció una serie de 36 fotografías tomadas en distintos lugares de Taiwán y China que han sido afectados por el Morakot. Hasta la noche del 12 de agosto había 257 comentarios sobre las fotos del desastre.

ComillasEs una mierda que las cosas malas puedan crear fotos tan profundas” se lee en el comentario # 48. Una de las imágenes de este reportaje gráfico muestra a un rescatista que carga a un niño de meses en sus brazos. El bebé está envuelto en bolsas de plástico amarillo y en el fondo de la imagen, un poco desenfocado, se ve que todo está inundado. Esta foto, recibió los siguientes comentarios. “La # 29 de verdad tocó mi corazón”, “La # 29 es tan increíble”, “La 29 es tan conmovedora”, “La 29 es increíble, hay una conexión tan dulce durante semejante devastación” y “la 29 es la foto más conmovedora que he visto en meses”. Otra foto, en la que un hombre, sobre un improvisado bote de icopor, lleva dos niñas sentadas sobre sus sillas, en piyama, vistiendo botas rojas de caucho y sosteniendo una sombrilla color verde menta. El hombre empuja la balsa sobre una calle rodeada de almacenes cerrados. La calle está totalmente anegada. Sobre esta foto alguien anota: “La # 13 debe ser la foto más adorable que halla visto en una situación desastrosa”. Algunos comentarios se inclinan por aspectos más técnicos: “La # 18 está mal cortada en la parte de abajo” (afortunadamente la foto ya fue corregida). Pero lo que más se repite en todos estos comentarios es una mezcla de compasión, esperanza,  frases de cajón, cinismo e impotencia: los comentarios número 44, 46, 75, 88, 93, 114, 123, 127, 129, 132, 133, 135, 136, 137, 140, 141, 143,  144, 147, 152, 177, 178, 188, 194, 197, 199, 200, 206, 212, 220, 221, 222, 227, 238, 241, 248, 249, 251 y 255, simplemente dicen  “Dios bendiga a Taiwán” o” Dios bendiga a China”, algunos de estos comentarios tienen al final, uno, dos o tres signos de admiración. El comentario # 53 dice “¡Que Dios los bendiga todos! ¡Adelante Taiwán! ¡Jamás te rindas!”  Otro comentario dice, “Dios bendiga a Taiwán. Por favor no digan que las fotos son “estupendas” o “sorprendentes” porque esto no es más que desastroso y terrible para la gente”. El comentario 111: “¿Porqué Dios es tan diferente con la gente diferente, porqué Él es tan despiadado? Aun sigo orando para proveer a las personas afectadas refugio, agua, medicinas y comida”. El 170 “Es mi país, por favor oren por ellos”, “Que el piadoso Buda los bendiga”, dice el 128, y el número dos expresa, “Oh Dios, que horrible, ¿es por el calentamiento global?”. Un comentario aun más confuso dice: “La # 29 es conmovedora… Taiwán necesita tu ayuda. De M. Jackson. We are the World ”. En otros tantos se escribieron cosas como, “Taiwán es el mejor. Estaremos bien” o “¿Porqué ocurre este desastre allá? ¡Que clima tan vergonzoso! “Dios bendiga a Taiwán. Si quieres ayudarlos, puedes ir a estas páginas… (pero la mayoría son páginas chinas)”. “¿Porqué siempre culpan o cuestionan o “bendicen” a Dios por los desastres naturales de nuestra biósfera? La gente vive. La gente muere. La gente mata. La gente construye edificios de mierda, poluciona nuestro planeta sin ninguna consideración por nuestra supervivencia”. Y cada vez se hacen más extraños. “Tifón de mier… no me gusta…”.

Es inaudito que muchos nos quedemos mirando absortos como un sol al atardecer se refleja sobre los cientos de hectáreas inundadas enmarcando la silueta de una canoa,  o como una anciana durmiendo a la intemperie en una fotografía en Internet, puede llegar a generar cierta sensación de bienestar. Quizás en la mezcla de todas estas sensaciones e imágenes como el miedo, la lástima, la solidaridad, la compasión, el espectáculo, el circo, la belleza… se encuentra eso que se llama morbo.

Morakot

 

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La Leyenda Continúa (blog edit)*

•Agosto 10, 2009 • Dejar un comentario

Las sirenas son monstruos malolientes de películas gore. Mentiras: son anfibios hermosos que se enamoran de Tom Hanks, manatíes confundidos por conquistadores europeos, mezzosopranos antropófagas de altamar, estatuas con senos operados, ruidosos dispositivos de ambulancias, ballenatos en un viaje de ácido, una niña malcriada que desobedeció a su mamá en Semana Santa y se bañó en el río Guatapurí o peces gordos con cuerpo de niño y cabeza de niño que intentan agradar metiéndose en el agua.

El agua del río Guatapurí siempre está fría y la mayoría de las veces, tan cristalina, que deja ver a los pescados famélicos y desesperados que se comen las sobras de un mango que la gente les tira. Los vendedores de cerveza, Yupi, butifarra, mango y cigarrillos, los ladrones, los clavadistas y los cuidadores de carros circulan, mirando a los soldados que se mueven y pululan asimétricamente. Ante la particular agitación, los visitantes habituales del balneario presienten que el presidente los visitará de nuevo.

Varias camionetas y un bus se detienen a unos metros de la entrada de la Universidad Popular de Cesar. Silencio. La puerta del bus se abre lentamente. Todo se mueve en cámara lenta y una atmósfera ceremonial parece despertar un coro de sirenas amplificadas que emergen desde el fondo del río.

Álvaro Uribe Vélez aparece detrás de la puerta y baja sonriente con una camiseta blanca de cuello redondo estirado, que esta vez no se quitará, y una pantaloneta negra sintética que deja ver sus gruesas rodillas. Luce mucho más bajo que en televisión. Su piel demasiado pálida llama la atención de los mulatos que han suspendido sus vidas cotidianas para verlo llegar. Mientras camina los pocos metros del empinado sendero que separa la calzada de la orilla del río, el tiempo empieza a estirarse. Rostros humildes y sorprendidos se fijan en él. Uribe le sonríe a la señora de las empanadas; ella se lo contará a sus nietos. Uribe se cuida de no cortarse los pies con los restos de botellas,  le dice buenos días al muchacho que vende cervezas. Se acerca a la orilla. La señora que vende cigarrillos y chicles le da un leve empujón a su hijo y el niño salta de golpe y se acerca al presidente, Uribe lo saluda con diminutivos y lo acaricia con ternura; su mamá se lo contará a las vecinas por la noche. El presidente se deja mojar, siente que el calor cede y se relaja. Uribe Vélez no le teme a nada, se sabe inmune a esas aguas que bajan de la Sierra Nevada y que una vez convirtieron a una niña desobediente en sirena, en leyenda. Los guardaespaldas, vestidos de negro en este insoportable calor húmedo y con gestos imperturbables tras las gafas oscuras, se quitan los zapatos de cuero, se doblan los pantalones hasta las rodillas y se quedan, con sus blancas y transparentes piernas sumergidas en el Guatapurí, vigilando el perímetro. Los sonidos de sus radios se mezclan con el suspiro de la gente. Hay tantos escoltas sudorosos al alrededor de Uribe Vélez que apenas se puede ver. La multitud se mira y comenta lo sencillo y buena gente que es el presidente. Cerca a los escoltas, los periodistas y camarógrafos, huyendo de los 35 grados, bajo la escasa sombra de los árboles que se acercan a la orilla, apuntan las cámaras al presidente, tienen un compromiso con el país.

Mientras el agua acaricia al presidente y todos lo miran hacer nada, Uribe se adentra en la suave corriente e intenta nadar en un río tan seco que apenas le moja su pantaloneta negra. El niño que había sido bendecido minutos antes por el saludo del presidente de Colombia agarra la falda de su mamá y le dice, sin separar los ojos del cuerpecito blanco que chapotea en el agua:

—¡Mamá! ¡Ese cachaco no sabe nadar!

La cámara lenta se acelera, los coros atmosféricos se rayan como un acetato viejo, los parlantes desaparecen, un murmullo se apodera de todo, los guardaespaldas comienzan a cansarse, el vendedor de butifarras golpea de nuevo y con fuerza su olla de aluminio, los vendedores de cerveza, mango, cigarrillos, los ladrones, los clavadistas y los cuidadores de carros recuerdan que tienen hambre. La señora mira a su hijo y una risa burlona se filtra por los labios de todos. Carros, voces, ruidos, indiferencia y bostezos se escuchan por todas partes.

Cuando el presidente se siente satisfecho de su acostumbrado baño en el Guatapurí, sus guardaespaldas, con los pantalones remangados y un poco mojados en las puntas, lo ayudan a salir para que no se resbale sobre las piedras. Uribe emerge del agua, pero ya nadie lo ve de la misma manera. Después del baño en el río y el comentario del niño, Uribe ha mutado. La leyenda de la sirena resultó ser cierta. Uribe ya no es el mismo. Salió del río como un cachaco pálido que no sabe nadar, como un ser humano. La leyenda del Guatapurí continúa.

*Publicado en Revista Dominical de El Heraldo, agosto 9 de 2009

 

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Colombianidad

•Agosto 5, 2009 • 1 comentario

¿Honestos, trabajadores, inteligentes, solidarios, madrugadores, buena gente, recursivos, amables, talentosos? o ¿Traquetos, corruptos, violentos, oportunistas, delincuentes, paracos, gerrilleros, facilistas, maliciosos? Hay mil palabras para describirnos o señalarnos. A nosotros los colombianos quiero decir. ¿Habrá algún punto común entre los habitantes de este país, algo en lo que seamos iguales? Miremos. Un colombiano de clase alta, mira por encima del hombro al de clase media, el de clase media mira por encima del hombro al de clase baja y el de clase baja no tiene a quien mirar por encima del hombro, no tenemos nadie a quien mirar mal, por eso los pobres nos matamos unos a otros, nos matamos entre iguales. Porque lo que si tenemos en común los colombianos es una cosa: Somos pobres. Todos. Nadie está conforme con lo que tiene. O sea, lo único que tenemos seguro en este país, tan seguro como que nos vamos a morir, es lo único que no nos gusta. Claro, nadie nos puede culpar por eso. Ser colombiano es ser una contradicción. ¿Ya dije que somos facilistas?

 

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