Águila Solitaria en Bogotá
guila Solitaria es un indio piel roja que fue enseñado a volar por un águila imperial. Es el único sobreviviente de una tribu que fue masacrada por hombres blancos cuando el apenas era un niño. Tiene los ojos azules, cuerpo de estatua griega y habla español. Es una mezcla perfecta entre Clint Eastwood y Pedro Infante. Rocky Morgan es un cowboy tuerto con un garfio en la mano izquierda y fue quien calcinó al jefe Nube Blanca, el padre de Águila Solitaria, delante de sus ojos. Morgan es el enemigo mortal del guerrero vengador piel roja. Víctor Fox es el creador de estos personajes de historieta, es mexicano y no se llama Víctor Fox, su verdadero nombre es Héctor González Dueñas.
Me bajo del Transmilenio en la estación de la Avenida Jiménez. Hace más frío de lo habitual. Como siempre, hay un mar de gente que no deja ver nada que esté a más de cinco metros. Salgo de la estación, camino hacia la Plaza de San Victorino y empiezo a buscarlos. La plaza está más llena los sábados. La gente se mueve en todas las direcciones. Hay en el cielo pequeñas nubes grises que parecen perseguirnos a todos. Me detengo en una esquina con un amigo que me acompaña y miro una vez más todo el lugar, pero no puedo ubicarlos. Decido caminar en dirección a la Décima y cuando apenas he dado unos pasos, una melodía se me atraviesa. No logro identificar la tonada. Ellos nunca cantan, así que me gusta adivinar las canciones… Espera un segundo, espera un segundo, la tengo en la punta de la lengua… llega navidad y yo sin ti/en esta soledad/recuerdo el día en que te perdí/… Me dejo guiar como una caricatura de Disney se deja arrastrar por el olor y llego hasta una escultura metálica de Edgar Negret, que al parecer es una mariposa. El sonido se hace fuerte. Huele a orín. Al lado de la escultura hay un círculo de personas, y dentro del círculo está lo que estoy buscando. Repaso las preguntas en mi cabeza. ¿Saben ustedes que jamás existió una tribu llamada piel roja? Me abro paso en medio de dos ancianos y logro verlos. Descubro tres niños de piel cobriza parados frente a los micrófonos. Están vestidos como nativos norteamericanos y llevan zapatos deportivos. Los tres tienen el cabello hasta los hombros, recogido con un moño y debajo de las prendas de mala imitación de cuero se ven camisetas de algodón con estampados coloridos. El mayor, que está al otro extremo de donde me ubiqué, parece tener unos dieciocho años y sostiene una quena. El del medio sostiene lo que parece una zampoña que da la impresión de estar hecha con tubos de hierro pintados que lucen como madera. A este le pongo unos dieciséis. El último es el menor y el más bajo de todos, no creo que tenga mas de catorce, sostiene sobre su barriga una especie de tambor, como un bombo mas bien, que es casi de su tamaño y que el golpea monótonamente para llevar el ritmo. Es el único de los tres que no lleva esa especie de tiara con plumas que vemos en las películas de indios. ¿Consideran lo que hacen, una traición a sus costumbres? A los pies de los niños hay una tela fibrosa, gruesa de mil colores sobre la que hay muchos discos compactos en filas perfectas. El círculo que los rodea debe estar hecho de unas veinticinco personas que escuchan condescendientemente, pero concentrados, las melodías. En medio del círculo pasan personas afanadas que rompen esa débil intimidad.
La canción se acaba y el muchacho mayor deja de tocar la quena y se acerca al micrófono para dar las gracias, pero lo dice de una manera tan impersonal, que mezclado con ese acento típico de las personas que viven del departamento de Nariño hacia el sur, más que un agradecimiento, parece una súplica. Ahora se agacha, abre un morral de tela, saca un Minidisc, lo mete dentro del reproductor, aprieta el botón, la pista empieza a sonar y otra melodía conocida llega nítida a la plaza a través de de dos parlantes JBL que están puestos sobre unos trípodes a mas de un metro de altura. Creo que ver un atrapasueños al lado del morral. Hasta que te conocí/vi la vida con dolor/no te miento fui feliz/aunque con muy poco amor/y muy tarde comprendí… El sonido sale cargado con una especie de eco de algodón de azúcar, que el público, a juzgar por sus caras, encuentra ¿tierno?
Mientras que la gente sigue atravesando el círculo, un hombre como de 1,65 metros de estatura, que supongo es el padre de los niños, se pasea con las manos llenas de discos compactos. Tiene el cabello largo, hasta la mitad de la espalda, una camiseta azul cielo, un chaleco sintético negro y un jean ancho al estilo hip-hop y las cejas caídas, por lo que tiene un gesto de tristeza impuesto. ¿Cuando ven una película del oeste, le van a los vaqueros o a los indios? Cada vez que pasa frente a mi, levanta sus cortos brazos para llevar hasta la altura de mis ojos las carátulas de los discos. Ojos Azules, alcanzo a leer en uno de los compactos. Los álbumes son coloridos, con paisajes montañosos, llenos de bruma y están contenidos dentro de bolsas plásticas inmaculadas y perfectamente dobladas. El hombre sigue caminando en círculos dentro del círculo de personas, como si a cada nueva vuelta encontrara nuevos clientes. La canción se acaba.
—Gracias. Cinco o seis personas aplaudimos. El sonido de las palmas se pierde en San Victorino.
Nuevamente, el muchacho de la quena se agacha y saca otro Minidisc. Los disfraces les quedan grandes y cuando un rayo de sol se cuela, la cuerina brilla, y me fijo en las costuras sueltas y sucias. Un señor que lleva de la mano a un niño de unos cuatro años llama al que vende los discos.
—Déjemelo en 8.000
El vendedor acepta. El comprador se va, pero aparece 20 segundos después.
—Mejor cámbiemelo por el de Ojos Azules.
¿Dónde hacen las grabaciones? Estoy esperando el momento propicio para hablar con ellos. Every night in my dreams/I see you/I feel you/That is how I know you go on. La melodía de Titanic invade la plaza. Parece que va a llover. ¿Donde guardarán los parlantes? ¿La planta eléctrica? Estoy mirando el suelo y veo como una gota cae sobre una de las botas Diesel que mi papá me regaló hace una semana. Estoy avergonzado, debería estar pensando en otras cosas. ¿Son caros esos parlantes JBL? Otra vez los discos pasan frente a mis ojos. Cuando viene la parte de la canción donde Celine Dion canta and my heart will go on and on el muchacho mayor se agacha, recoge un instrumento hecho con pesuñas atadas unas a otras, y sacudiéndolo sin compromiso, acompaña el éxtasis de la canción. No veo fuegos artificiales en sus ojos.
—Gracias. Cinco o seis personas aplaudimos.
Se han acabado varios cigarrillos, pero parece que faltan muchos más para que se detengan. And I will always love you/I will always love you… El niño que toca el tambor que es casi de su tamaño, se ve más distante, cansado. Creo que ya han pasado como doce canciones. Creo que el momento del descanso no existe. Más ecos melosos.
—Gracias. Cinco o seis personas…
Vuelven los ecos azucarados. Ya no se sabe cual canción es cual. Los niños y su padre son un diorama pesado, eterno. Indios en loop. Ya no puedo esperar. Meto la mano en la mochila Arhuaca que me regaló mi novia y saco una libreta de apuntes, souvenir de INforma Models y me acerco al vendedor de discos justo después que le acaba de vender otro disco de Ojos Azules a una señora.
—¿Me puede atender un minuto? Sin mirarme me dice:
—No.
Me presento y le digo, convencido que no se negará, que es para una revista, una entrevista para una revista. Levanta un poco la mirada y me examina. Parece que estoy captando su atención. Me mira de pies a cabeza, como yo lo miré a el y a los niños desde que llegué, con algo que está más allá de la lástima. Luego, me dice con una voz casi infantil, con una voz que casi no es voz.
—No. Y sigue vendiendo sus discos.
—Pero… —Ya no me escucha—
Soy su enemigo mortal. Soy Rocky Morgan. Ya empieza a oscurecer. Tengo que ir a otra parte, me digo, así que decido ir hasta la Séptima a calmar mi curiosidad, y en el trayecto:
La temperatura sigue bajando. Un hombre que corre casi desnudo es perseguido por unos policías bachilleres. El semáforo se pone en verde. Una jauría de personas cruza la Décima. Pienso en los nombres que nadie recuerda. Miro mis botas sucias en el reflejo verdoso del agua que corre canalizada por la Jiménez. Pienso en Buffalo Bill’s Wild West. Los cientos de nubes se convierten en una sola. Huele a mierda. El cielo se torna azul. Las lámparas se encienden. Una luz de sodio arropa todo. Los inmensos edificios con fachadas de mármol se hacen amarillos. Bogotá es una foto en sepia bajo un portarretrato azul cielo. Un Transmilenio atropella la foto.
En la esquina donde está la Iglesia de San Francisco, justo en frente del Banco de la República y al lado de un grupo de personas que está concentrada en una carrera de hamsters, se escucha El Humaguaqueño, una melodía que conozco porque una amiga me presentó la versión hecha por un tipo que se hace llamar King África. El cuadro es bastante similar. Hay tres integrantes. Esta vez quien toca esa especie de bombo, es una mujer como de treinta años que tiene la misma expresión de aburrimiento y cansancio del niño de San Victorino. Debe pesar demasiado ese aparato. Ella lleva una ruana de rombos azules, un jean ajustado que deja ver un buen cuerpo y unas botas de gamuza marrón que le llegan hasta la rodilla. Los tipos visten prendas que parecen originales. Son de cuero y de buena confección. Los dos tienen grandes plumas sobre la cabeza. Los zapatos, parecidos a los que se conocemos como “Apaches”, también son de cuero y tienen un tono terroso igual al de las prendas que usan. Hay dos parlantes JBL negros, idénticos a los que acabo de ver hace un rato. La canción se acaba.
—Espero que les haya gustado. Dice el más alto con voz y actitud de locutor de emisora tropical. —Hay que apoyar el folklore de nuestros ancestros amerindios. Ahora quiero mostrarles un baile tradicional de los indígenas de Norteamérica, que se llama: Breakdance…
—¡Breakdance! —Le grito a mi amigo—
—Rain Dance. —Me contesta—
—No me sorprendería que dijeran Breakdance.
Los dos se lanzan al espacio que el público deja delante de ellos y casi agachados, giran sobre si mismos, bailan en pequeños círculos, baten las plumas en su cabeza y dan pequeñas palmadas epilépticas sobre su boca, mientras la mujer marca el compás. Unos segundos después vuelven detrás de los micrófonos y acompañan con sus instrumentos de viento, la pista que suena a través de los JBL. A diferencia de los niños parecen ser más concientes de lo contradictorio de su show. Parecen tenerlo todo perfectamente ensayado y coreografiado, pero hay mucha menos gente viendo el show de ellos. Quizás hallan diez personas. El locutor parece disfrutar lo que hace.
Una mujer de veintitantos años de cabello castaño claro y rizado, es la que se encarga de caminar dentro del círculo. Va vestida de blanco y parece sacada de una comuna californiana de los años sesenta. En una mano lleva los discos, y en la otra un cesto de paja oscuro, lleno de monedas. Se acerca a nosotros con la cara más amable de la semana y me ofrece los discos, que también tienen un empaque cuidado y simétrico. Los compactos están tan cerca de mi cara que puedo sentir el olor a nuevo. Los vende a 10.000 pesos. Saco unas monedas y las dejo caer en el cesto. Cuando me dispongo a preguntarle que si están dispuestos a dejarse entrevistar, un anciano la llama y le pregunta por:
—¿Ojos Azules? ¿Lo tiene?
El anciano recibe el cambio y la muchacha se acerca de nuevo. Cuando le pido lo que necesito, ella me dice que para eso tendría que hablar con él. Señala al que tiene voz de locutor. Pero tengo que esperar a que descansen, me dice. OK. No hay problema. Me duelen las piernas. ¿Cuánta plata ganarán en un día?
—Hoy con nosotros van a recordar temas clásicos como, Polvo en el Viento, Vientos de Cambio, Hey Jude…
El público no responde muy bien, un par de aplausos se escuchan. Al parecer están más interesados en apostar a los hamsters que corren como pelotas desinfladas hacia madrigueras plásticas de colores neón. Ya la noche se instaló.
La pista suena, y de nuevo ese eco meloso inunda la Séptima. La melodía es… Chiquitita dímelo tu/en mi hombro aquí llorando/cuenta conmigo ya/para así seguir andando… No puedo evitar reírme. Indios enlatados, con códigos de barra y canciones de Abba. ¿Usarán algún instrumento original?
—Es bueno, que conozcamos un poquito de nuestros ancestros, y para eso, vamos a interpretar esta hermosa canción en ritmo de huayno, Ojos Azules.
No entiendo por que le gusta tanto a la gente, es un tema simple. Todo lo que ha sonado tiene el mismo estilo condescendiente. Unas quince personas que están absortas escuchando, salen del trance cuando se acaba la canción y aplauden como si acabaran de ser anestesiados. El locutor se quita las plumas de la cabeza, mientras los otros dos se sientan en el suelo y se apoyan en la pared de la iglesia. Pensé que esto nunca se iba a acabar. Me acerco y estiro la mano para presentarme. Mientras el locutor me mira de pies a cabeza, saca una peinilla de no se donde y se peina de la misma manera que lo haría Jason Priestley en un capitulo de Beverly Hills 90210. Luego de unos segundos eternos, estrecha mi mano con cierta prevención.
—Es para una revista. Le digo sin saber que hacer.
Su prevención desaparece, la mia no. Pensé que tal vez se llamaría Jack, o que se presentaría con un seudónimo rimbombante, como Víctor Fox, o algo así, pero su verdadero nombre es Juan, y parece no avergonzarlo. Se acomoda el copete con la mano y me dice que esta noche no puede atenderme, pero que mañana temprano con mucho gusto me puede ayudar. Le pido que me de su número telefónico y mientras lo anoto, el locutor empieza a desabotonarse el pesado traje de cuero, que va dejando ver poco a poco, una camiseta negra que tiene estampado el indio de los cigarrillos Piel Roja. Debajo del famoso logo del indio de perfil, alcanzo a leer un eslogan que dice “De tierra nuestra”.
—Mañana temprano te llamo.
—Listo.
Parece que ya no lloverá. Me alejo caminando por la Séptima.
¿Sabrá que los cigarrillos Piel Roja fueron comprados por la tabacalera dueña de Marlboro?
Todo se ve borroso. Los tragos de anoche no me dejaron dormir bien. Afuera todo parece hecho de niebla. Enciendo el calentador del agua. Hace mucho frío en mi cuarto. Me visto y entro al baño a orinar. Aún se siente la tibieza del agua. En el techo cuelgan gotas de agua condensada. Me cierro la corredera del jean. Cuando voy salir, escucho una voz.
—No necesitas esas respuestas.
Me devuelvo buscando algo y veo el espejo con toda esa agua condensada, escurriéndose, haciendo que mi reflejo se vea torpe y deforme.
—No necesitas esas respuestas.
Limpio el espejo con una toalla. Me miro y me digo.
—¿Porqué?
—Mírate, tú no eres solo Rocky Morgan.
Me miro, pero no en el reflejo. Veo una mochila Arhuaca, un gaban azul plomo, una libreta de INforma Models, unas botas Diesel con un indio mohicano en el logo, un ejemplar de Lunar Park de Bret Easton Ellis y un celular en el que suena una canción de Diomedes Díaz. La herida que siempre llevo en el alma no cicatriza/inevitable me marca la pena que es infinita…
—Lo único que te hace falta es volar.
—Y ojos azules.
Publicado en Revista LabraPalabra, julio de 2009
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Comentario…
[..]Articulo Indexado Correctamente[..]…
Trackback dijo esto en Agosto 26, 2009 a 2:42 am
Hasta solte unas cuantas sonrisas, que bien, gracias.
He leido y visto todo y comprendo tu realidad, es muy bueno, excelente..