XXX
Los tacones, delgados como agujas, desgastados, se le hunden en la tierra y la hacen ver torpe e incómoda. El zumbido se hace más fuerte. Se acerca a la torre, y cuando levanta la cabeza, ve como el cielo, entre rojo y sepia, contrasta con los gusanos eléctricos que aparecen a intervalos irregulares en lo alto de la estructura metálica. Unas semanas atrás, escuchó en algún lado, que las personas que vivían cerca a redes de alta tensión, podían desarrollar un cáncer. Cáncer de piel, piensa. En el suelo, hay por todas partes, bolsas plásticas, azules o rojas, medio enterradas, que la brisa mueve levemente. Si ella hubiese escuchado sobre Chernobyl, hubiese descrito el lugar por donde caminaba como un Chernobyl poético. El zapato izquierdo se le llena de tierra, piensa en quitárselo para limpiarlo, pero todo está muy solo. Su cuerpo aún tiembla. Mete la mano en su bolso de imitación de Gucci y toca el celular, lo siente, lo acaricia. En la oscuridad, una sombra se le acerca.
Los zapatos la incomodaban. Tal vez podría comprarse unos tenis para usarlos cuando saliera del trabajo, pero los tacones le hacían ver el culo más grande. En eso estaba pensando cuando vio su reflejo en tonos rojos y verdes sobre un rectángulo de vidrio empañado con la grasa de mil dedos. La vitrina, que tenía en su interior una luz de neón roja y una verde, estaba llena de celulares. Entró al estrecho local, se acercó al vendedor y le señaló la vitrina. El vendedor sacó unas llaves del bolsillo de su pantalón, abrió la vitrina rojo-verdosa y le mostró un celular negro. Aunque el vendedor nunca se acordaba de ella, era por lo menos la quinta vez que entraba a preguntar por el teléfono en el último mes.
—Última generación. Dijo el vendedor. —Reproductor mp3…
—¿Cuánto vale? Preguntó excitada. Sabía de memoria todas las especificaciones técnicas. Sabía el precio.
—Vale c… (Un camión pasó a toda velocidad, pitando) …Pesos.
Un hombre, a toda prisa, entró al lugar y se acercó al vendedor. El hombre sudaba, estaba alterado.
—¡Es la última vez que vengo aquí! ¡Deme mi plata!
—Señor, ya le dije que…
—¡Qué me de mi plata! Grita el hombre.
El vendedor, asustado, regresó el celular a la vitrina.
—Espéreme un momento. Dice mirándola.
El vendedor se fue a un rincón del local a conversar con el hombre. Ella continuó mirando el celular, que flotaba entre la niebla de neón y se dio cuenta que la vitrina había quedado sin llave. El corazón se le aceleró. Miró a sus espaldas. El vendedor trataba de calmar al hombre, que parecía más molesto. Las manos empezaron a temblarle. Con mucha suavidad, abrió la pequeña puerta de la vitrina y sacó el celular. Lo guardó en su bolso color aguamarina. Es una muy buena imitación, pensó.
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—Otro día vengo. Dijo con la voz quebrada, casi inaudible, y sin mirar al vendedor. Sus piernas temblaban. Se subió al primer taxi que vio.
—Yo hasta allá no me meto. Le dijo el taxista. —Si quiere la dejo en la entraba, por la avenida.
Ella asintió. Tenía la mano sobre el bolso, pero no se atrevía a sacar el celular, porque acababa de pensar en algo:
Celulares de exhibición. Los celulares que vemos en las vitrinas, son solo formas, señuelos con forma de teléfonos móviles, caparazones. Así que tiene miedo de verlo, miedo de decepcionarse. Pero se dijo una y otra vez que no podía ser.
—¿Y si lo saco y salgo de dudas? Quizás me lo robe el taxista. Se dijo.
Cuando se bajó del taxi la primera sensación que tuvo, fue la sus tacones hundiéndose. A lo lejos vio la punta de la torre de alta tensión. El lugar donde se encuentra la torre, es un lote baldío y oscuro, es el puente que comunica a la ciudad y el barrio casi rural donde ella vive.
Una sombra se acerca a ella. Deja de acariciar el celular. Aprieta el bolso con mucha fuerza. La sombra es un tipo alto que acaba de pasar a su lado. El tipo se aleja. El tipo se detiene. Está a sus espaldas. Ella camina más rápido, pero siente que se acerca, siente su olor, escucha sus pasos, siente que está a punto de tocarla. Está paralizada. El zumbido de los gusanos eléctricos es lo único que escucha.
—¡Que me entregue el bolso! La voz suena como un eco en la lejanía.
Siente un tirón fortísimo en el bolso. No lo suelta. Siente algo cerca a su cuello. Algo frío toca su garganta.
—Por favor, por favor, no me haga nada. Los labios se le secan.
El tipo la huele.
—Acuéstese.
Ella se acuesta. El se deja caer sobre ella y empieza a apretar su pelvis contra la suya.
Desde donde está acostada, puede ver los hilos azules que desaparecen para irse por cables pesados y curvos hasta otra torre y hasta otra. El tipo huele bien. Se siente culpable. El tipo se mueve con más fuerza. Protectores de pantalla, María Farina, plástico, arroz blanco, lámparas de sodio, tengo hambre, taxímetro, cáncer de ovarios, gusanos espectrales. Tiene que pensar en otras cosas. Parapolítica, calor, sillas Rimax, televisión por cable, condón, cáscaras de plátano, rápido, 840, sopa, cámara de 3 megapixeles, saliva, 10.000 voltios. El tipo tiembla, respira incómodo, se mueve más rápido, se abre el pantalón.
El semen se resbala sobre su falda hasta que una pequeña gota toca su piel. El tipo se cierra el pantalón, descansa un instante y mira a su alrededor. De nuevo, intenta quitarle el bolso, pero ella lo tiene bien agarrado. El le da dos patadas en las costillas.
En una casa pequeña con paredes grises, sin pintura, un hombre mayor y dos niños adolescentes, sentados en un sofá rojo, con un ventilador a toda velocidad, estarán viendo una telenovela. Una mujer con un uniforme gris, con la falda mojada y un par de tacones en las manos, abrirá la puerta que da a la calle. El hombre mayor, al verla, asustado, le preguntará:
—¿¡Qué te pasó!?
—Me robaron el celular.
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Chido! Ladrón que roba a ladrón…
Ummm No se… Me la he leído tres veces y no se no me llega.