Versus
En todo el lugar se siente un olor a desinfectante. El tipo de la pequeña cresta pintada de rojo, tiene el brazo derecho sobre el cuello de una rubia natural de ojos grandes y muy, muy negros. Al otro extremo de la mesa hay otros dos, uno de ellos lleva una gorra amarilla y el otro unos lentes de nácar oscuros. El de la gorra amarilla pasa la mirada por el de la cresta, luego la pasa por la rubia y termina en el de las gafas oscuras. Después, aburrido, levanta la mirada hacia el techo, mientras le da vueltas con su mano, una y otra vez, a un encendedor de plástico morado. La gente entra y sale del lugar sin detenerse a mirar la mesa donde ellos cuatro están sentados. La rubia se acomoda en la silla y su pie golpea la mesa, un par botellas de cevezas se tambalean. Afuera, la brisa revuelve la basura.
El encendedor morado sigue dando vueltas. Los ojos del tipo que le da vueltas al encendedor, se mueven buscando algo en la superficie lisa del cielorraso. Sus ojos se detienen, baja la cabeza y sin mirar a nadie, dice:
—El otro día vi una película en la que había un man que se llamaba Pelé y se la pasaba tocando canciones de David Bowie pero con melodías de bossa nova…
El de la cresta roja se rasca el mentón, el de las gafas oscuras sigue mirando a un niño rubio como de trece años que tiene la boca llena de pegante y que está cerca a la entrada. La rubia se muerde la uña del dedo meñique de la mano izquierda mientras fuma un cigarrillo mentolado.
—…Y trabajaba en un submarino.
La rubia toma una de las botella de cerveza que están en la mesa, la levanta, la mira a contraluz y se da cuenta que está casi vacía.
—¿Porqué siempre tienes que estar inventando cuentos raros? Dice el de la cresta, y escupe sobre un pequeño charco de saliva que hay a su lado.
La rubia levanta la botella vacía y se la muestra a un tipo como de cincuenta y tantos años que está detrás del mostrador.
—Pero es verdad… Y hace versiones bossa de Bowie.
—¿David Bowie? ¿A quién le importa la música de ese marica?
El de las gafas oscuras mira al de la cresta. El de la cresta le responde.
—Si. Porque pinta de marica si tiene. ¡Además, la única música que importa es el Punk!
El tipo que estaba detrás del mostrador se acerca a la mesa con cuatro cervezas, pero tiene que esperar a que la rubia quite unas botellas vacías y haga espacio para las cervezas nuevas. El de las gafas oscuras mira al de la cresta y con una voz casi femenina, le dice.
—Te recuerdo que estamos en una tienda… Escuchando Olímpica Stereo.
El de la cresta se pasa la mano por el cabello con mucha suavidad, se limpia el sudor de la frente, deja caer el brazo que tiene detrás del cuello de la rubia de ojos negrísimos, le agarra la teta y empieza a jugar con el pezón por encima de la tela sintética de la blusa.
—Si, estamos en una tienda; pero solo porque en Punk-O-Rama la cerveza es más cara.
—Doscientos pesos más cara. Dice el de las gafas oscuras.
—¿Cómo? Dice la rubia. —Es que el volumen está muy alto.
—Que yo si le creo. Mira al de la gorra por encima de sus gafas de nácar. -Yo vi una película en la que había un tipo que tocaba el bandoneón. Hacia versiones tangueras de los Sex Pistols, y se llamaba Diego.
El de la gorra amarilla mira al de los lentes oscuros.
—¿Me estás mamando gallo?
—¿Tu que crees? Dice la rubia.
El de la gorra amarilla ignora a la rubia. El de la cresta mira al de la gorra.
—Maradona es mejor que Pelé.
—¡¿Que qué?! ¿Y eso que tiene que ver con lo que estamos hablando?
El niño con la boca llena de pegante se acerca al de las gafas oscuras.
—Regálame doscientos pesos.
—Pídeselos a él (señala al de la cresta)
El niño se acerca al de la cresta y se para al lado del charco de saliva.
—Nojoda pelao, tu crees que si yo tuviera esos doscientos pesos no estaría en algún lugar donde sintiera la anarquía.
El niño lo mira sin entender a que se refiere.
—No pelao, no tengo plata. Dice el de la cresta.
El niño se va y se queda de pie en el mismo lugar donde estaba.
—¿Por qué crees que el tipo de la película hace versiones de los Sex Pistols?
Una mujer muy gorda, que parece no tener cuello, se acerca a la rockola.
—¿Porque los Sex Pistols son los mejores? Dice el de las gafas oscuras.
—¡Exacto!
Cuando ha escuchado el sonido de las monedas caer entro de la rockola, la mujer gorda y sin cuello mira al tendero y le dice algo con un gesto de la mano.
—Pero si eso se lo acaba de inventar el. Dice el de la gorra.
—¿Me estás diciendo mentiroso? Dice el de las gafas de nácar sin dejar de mirar a la calle.
La música se detiene. La gorda oprime un par de teclas en el aparato, y un bolero de Daniel Santos empieza a sonar muy fuerte.
—Si. Quítate las gafas, mírame a los ojos y dime que esa película existe.
El de las gafas lo mira, se quita las gafas y le dice:
—Si existe, la vi en televisión. A las dos. En la madrugada.
—¿Tu has escuchado hablar de la iglesia maradoniana? Maradona fue elegido en el año 99, ¿o en el 2000?, no me acuerdo, el mejor jugador de la historia en una votación en internet. Grita el de la cresta.
La rubia inclina un poco la cabeza que está bajo el brazo del tipo de la cresta y lo mira con sus ojos negros e inmensos.
—Obviamente que ganó. Los que votaron por Maradona son pelaitos que solo lo vieron jugar el. Y se la pasan en internet.
Él le suelta la teta y la echa a un lado.
—¿Y tu que culo sabes de fútbol?
—Si. ¿Tu que mondá sabes de fútbol? Grita el de la gorra amarilla.
El de la cresta se pone de pie y mira al de la gorra.
—La próxima vez que le hables así a ella, te parto la cara.
El de la gorra se levanta de su silla.
—Lo Sex Pistols eran una mierda. Dice el de la gorra. —El bajista parecía que tuviera sida… Se parecía al pelaito ese. Señala al niño que tiene la boca llena de pegante.
El de la cresta empieza a quitarse la chaqueta, y poco a poco una camiseta pesada y oscurecida por el sudor, empieza a verse. La gorda y un anciano que están en la tienda observan la discusión. El tipo deja la chaqueta sobre la silla y señala al de la gorra amarilla.
—¡Sid Vicius era un dios! Es la última vez que lo comparas con el hijueputa ese. Señala al niño que tiene la boca llena de pegante.
—Y Maradona es un periquero. Cuando termina de decir esto, el de la gorra amarilla se toma un trago de cerveza, se quita la gorra, se quita la camisa y sale a la calle. El de la cresta sale de la tienda. La rubia mira al de la cresta salir, se levanta y se acerca al mostrador.
—¿Me presta un baño?
El tendero le señala un rincón en le que hay una puerta verde oscuro con la pintura descascarada. La rubia se acerca al rincón. La gorda y el anciano ya han salido. Afuera, el descamisado y el de la cresta, están frente a frente. El descamisado lanza una patada y el de la cresta al querer esquivarla, se tropieza con una piedra y cae de espaldas. Ahora los dos son una masa de cuatro piernas rodando por le suelo. La gente los rodea, nadie se mete. El de la voz femenina se acomoda las gafas y observa todo desde el umbral de la tienda. El tendero está a su lado, mirando la pelea, secándose el sudor con un pedazo de tela roja.
El niño que tiene la boca llena de pegante entra a la tienda. El tendero lo ignora. El otro se quita los lentes de nácar y lo sigue con la mirada. Se acerca a la mesa donde estaban los cuatro, toma la chaqueta, revisa todos los bolsillos y al final, saca unos cuantos billetes y un par de monedas. El niño mira al de las gafas. El de las gafas guarda silencio. El niño se acerca al mostrador, golpea en el vidrio con una de las monedas, espera un momento, vuelve a golpear, el tendero voltea, ve al niño al lado del mostrador, voltea nuevamente para mirar la pelea. El niño golpea el vidrio con más fuerza. El tendero se acerca al mostrador.
—¿Qué quieres?
El niño señala algo que está en un estante. El tendero mira al estante y estira la mano hacia el niño. Un billete se posa en la mano del tendero, que enseguida se acerca al estante, toma una botella de pegante y se la da. El niño mira la botella. El tendero mete la mano en un frasco que está lleno de colores y toma un dulce de coco. El niño le arrebata el dulce de la mano.
—Límpiate la boca. Le dice al niño, mirando hacia la calle.
—No sea sapo. Dice el niño en voz baja.
El tendero se acerca a la puerta y sigue viendo la pelea. El niño se da la vuelta y mientras camina hacia la salida, destapa la botella, se la acerca a la boca y cuando pasa por la puerta y el olor inunda el ambiente, el muchacho que está en la puerta y que tiene unas gafas de nácar oscuro en una de sus manos, le toca la cabeza con un gesto de cariño.
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Este fue el que menos me gustó, este escrito si es verdad que no va para ningún lado, no le hallo lógica.