Un Lienzo Perdido en el Tiempo (Una mirada retrospectiva al FESTIVAL DE LA LEYENDA VALLENATA)*
oy, desde acá, desde Barranquilla, escucho en el noticiero el anuncio del comienzo del “Festival de la Leyenda Vallenata ”, veo el nuevo escenario donde se coronará a un rey más, veo el desfile de luminarias, estrellas, cantantes que se mostrarán este año sobre la tarima “Colacho Mendoza”, pero nada me interesa, no me interesa estar allá, ni Colacho, que es como un mártir, ni extraño las garrafas de aguardiente barato, ni tampoco el frenesí de las calles que pintan dos semanas antes, ni las mujeres hermosas y calientes. No lo extraño porque en realidad el Festival para mí no significa sólo música, o folklore, es más bien una costra de recuerdos que merodean alrededor de la plaza con los ojos bien abiertos. La herida me rasca, y ya saben ustedes lo molestas que son las plaquetas solidificándose justo sobre la rodilla, me sigo rascando, desprendiendo la llaga, y entre la materia brotan hermosos recuerdos…
Aquellos recuerdos de varios años que se funden en La Plaza repetida y distinta a través del tiempo, del tiempo que no pasa sobre la leyenda, sobre el pie campesino de Alejo, sobre su piel negra tenzándose millones de veces sobre sus tendones que son como tubos de donde emana la música, reuniéndose solo para ser la raíz que te clava sus garras y te impregna de vallenato, de campo, de un ritmo que suena sacro en la montaña y sencillamente bello en el acetato, que recuerdas cada minuto en el ayer y que te jala hacia su templo, hacia aquella noche que recordaré por siempre en La Plaza.
Tendría yo unos quince años, y no me dejaban salir por mis malas notas; al final, después de muchas caras lastimeras, mi papá me dio dinero y me fui caminando. En aquella época no cobraban la entrada, había suficiente para tomar, y desde antes de llegar se podía sentir la música, las cajas retumbando, la guacharacas, el rumor de las voces, la euforia, el desenfreno. Me acerqué a la esquina donde se reunía la gente de mi curso.
En aquella época La Plaza no se llenaba tanto, así que se podía caminar de lado a lado con relativa facilidad. Pero antes déjenme ubicarlos dentro del mapa de La Plaza Alfonso López en ese entonces: La Plaza está en el centro de Valledupar, rodeada de casas frescas, blancas y muy antiguas, las familias que las habitan también son así. Hacia el norte, detrás de la tarima Francisco El Hombre, se ubica la gente que se considera de clase alta (todos creen tener derecho de estar ahí) y bajando hacia el sur, los abolengos disminuyen hasta llegar detrás del Palo e’ Mango, donde hay fritangas que despiden un delicioso olor a chorizo.
Doy varias vueltas y luego me meto dentro del público: hay sudor y huele a grajo; hay pisotones, madrazos y una piedra del tamaño de un balón de microfutbol que casi me cae en la espalda, acordeones agitadas cargadas de aire, y por último 367 bolillazos caen sobre un borracho; salimos luego a las zonas despejadas y seguimos tomando con afán; la plaza está sucia y melódica, la recuerdo con claridad, la plaza era empedrada, no conocía las baldosas, y sobre esas piedras que narran historias de odio, veo un indio borracho, escucho una voz que dice “tiene tres días tomando chirrinchi” todos hacemos ronda y entre las palmas que intentan llevar el ritmo que explota en la tarima, el indio intenta seguir un paso, baila como si estuviera exhibiéndose en un museo de Londres, desprovisto de orgullo; luego, cae vencido y un río de baba alcanza su cabellera; algunos buscan plata en su mochila, como no hay, toman las hojas de coca y las mascan; su mujer, sentada a su lado y cargando a dos niños, espera a que se despierte como si esperara el amor; la gente da la espalda y pasa sobre él, que se pierde, y en sus sueños se escucha un acordeón tocando una puya.
Siempre llueve en festival, sobre todo el día de la final. Hoy es la final, y la lluvia está fría, me logro acomodar debajo de un alar. Todos, apretados, buscan un refugio, y por ese miedo a la lluvia una muchacha se recuesta contra mí, con fuerza; está casi rozando los chorros que caen del techo derramando frió y pieles erizadas que buscan calor, y como ya les dije, tenía quince años, tal vez menos, y mi edad y sentimientos nuevos y eléctricos me impulsan a colocar mi mano sobre las nalgas de la muchacha, que no reacciona, pero yo sí, y mi pantalón, que es de un dril ligero, no funciona también como un jean, y la lluvia que amaina, y la temperatura que sube, y ella que empieza a sentirse incomoda, como si un animal le aruñara la espalda, y yo rogando que no se vaya, porque tengo pena, porque me da vergüenza que me descubra excitado como un adolescente…
e va a anunciar el ganador, todos salen corriendo y quedo solo bajo el alar sin nadie que me señale, libre de toda culpa. Hay calor en el sereno, pasión, bandos que apoyan a su candidato, parcialidades asesinas que quieren ganar, carteles amarillos y sus consignas de apoyo, escurridas y borradas por el agua en un azaroso desorden de belleza entre mil colores, gritos roncos, un jurado de celebridades deliberando, voces que dicen que ganará este o el otro, que ya todo está comprado, botellas que se rompen antes de tiempo, piedras que se empuñan por si no gana el candidato, y de repente la figura del Nóbel colombiano acercándose, cometiendo un error, no dejando que Jaime Pérez Parodi, que es quien siempre lee o leía el ganador, haga su trabajo, y entonces, ahí está Gabo tan inocente, dando el nombre de el nuevo rey de la leyenda vallenata, y como donde hay ganadores siempre hay perdedores, ya no sólo llueve agua sino piedras y botellas, y una de ellas, me atrevería a decir, ¡sí, lo recuerdo claramente!, una pipona de aguardiente antioqueño roza la cara del escritor y la policía loca e inepta, suponiendo que Colombia conocía la prudencia, actúa demasiado tarde, socorren al escritor, y entre uno que otro “cara e’ verga” “ratero”, el festival y su efímero e inconcluso encanto se extingue entre la violencia desconsolada de los desafortunados.
Me voy con mis amigos a casa de Giovanni en el barrio “El Cañauhate”, que está cerca, esperando que baje la marea y buscando abrigo; luego volvemos a las cuatro de la mañana. Ya queda poca gente y por eso el olor a amoniaco se percibe con fuerza aniquiladora; los bomberos limpian el piso con las mangueras, los borrachos vomitando, yo, observando y deseando que el festival demorara un año, todos. Con una mirada de ternura vidriosa, nos quedamos sentados, escuchando las gargantas inflamadas de los borrachos.
Recuerdo tantas cosas en la plaza; pero recordando y recordando, caigo en cuenta que yo no estaba allí cuando pasó lo de García Márquez, que en realidad lo vi por televisión, y en mi casa se escuchaban los ecos de la música. No fui allá porque apenas tendría unos doce años, también recuerdo que cuando tenia doce años, Omar Geles, “El Diablito” fue el rey, y en un concurso de pintura pinté con tizas y crayolas, a Geles ganando, y a la gente feliz viéndolo ganar, y yo también gané, el concurso fue mío, y les pareció muy autóctono. No me sorprendí, ya sabía que les iba a gustar; no por su calidad artística, sino por que mostraba la tarima, un sitial alto; pero lo que me gustaba, y lo que nadie miró, era la gente que allí plasmé, las pancartas, el sudor, la angustia, la rabia, que se mezclaban todos con la estética de un pueblo, con el acordeón roto que es Colombia, al que se le escapa el último aliento de vida, y que por algún extraño motivo ríe hasta desconcertarnos, ríe hasta contagiarnos de Patria Boba y bonita.
Entonces señores, como les venía diciendo, esta fiesta no es Alfonso López, ni las estrellas Pop, ni un grupo de maricones que pagan una fortuna para sentarse cerca de la tarima para que los vean, ni siquiera es Francisco el Hombre o la misma plaza, que ya no existe, esto es la gente, la misma que tanto nos molesta y sin la que no podemos vivir, la que se está muriendo y la mata el tiempo, el festival es una ciudad disfrazada, el timbre del recreo, una botella de ron donde se ahogan las esperanzas triviales, sonrisas, peleas, una noche que son todas las noches en un recuerdo, una belleza que está por encima de sí misma, un cuadro que acabo de volver a pintar quince años después, y que esta vez sí quiero firmar.
*Publicado en la revista electrónica Changalele, abril de 2004
![]()
Escribe un comentario