Watch TeVé
•Junio 12, 2009 • 1 comentarioXXX
•Junio 8, 2009 • 1 comentarioLos tacones, delgados como agujas, desgastados, se le hunden en la tierra y la hacen ver torpe e incómoda. El zumbido se hace más fuerte. Se acerca a la torre, y cuando levanta la cabeza, ve como el cielo, entre rojo y sepia, contrasta con los gusanos eléctricos que aparecen a intervalos irregulares en lo alto de la estructura metálica. Unas semanas atrás, escuchó en algún lado, que las personas que vivían cerca a redes de alta tensión, podrían desarrollar un cáncer. Cáncer de piel, piensa. En el suelo, hay por todas partes, bolsas plásticas, azules o rojas, medio enterradas, que la brisa mueve levemente. Si ella hubiese escuchado sobre Chernobyl, hubiese descrito el lugar por donde caminaba como un Chernobyl poético. El zapato izquierdo se le llena de tierra, piensa en quitárselo para limpiarlo, pero todo está muy solo. Su cuerpo aún tiembla. Mete la mano en su bolso de imitación de Gucci y toca el celular, lo siente, lo acaricia. En la oscuridad, una sombra se le acerca.
Los zapatos la incomodaban. Tal vez podría comprarse unos tenis para usarlos cuando saliera del trabajo, pero los tacones le hacían ver el culo más grande. En eso estaba pensando cuando vio su reflejo en tonos rojos y verdes sobre un rectángulo de vidrio empañado con la grasa de mil dedos. La vitrina, que tenía en su interior una luz de neón roja y una verde, estaba llena de celulares. Entró al estrecho local, se acercó al vendedor y le señaló la vitrina. El vendedor sacó unas llaves del bolsillo de su pantalón, abrió la vitrina rojo-verdosa y le mostró un celular negro. Aunque el vendedor nunca se acordaba de ella, era por lo menos la quinta vez que entraba a preguntar por el teléfono en el último mes.
—Última generación. Dijo el vendedor. —Reproductor mp3…
—¿Cuánto vale? Preguntó excitada. Sabía de memoria todas las especificaciones técnicas. Sabía el precio.
—Vale c… (Un camión pasó a toda velocidad, pitando) …Pesos.
Un hombre, a toda prisa, entró al lugar y se acercó al vendedor. El hombre sudaba, estaba alterado.
—¡Es la última vez que vengo aquí! ¡Deme mi plata!
—Señor, ya le dije que…
—¡Qué me de mi plata! Grita el hombre.
El vendedor, asustado, regresó el celular a la vitrina.
—Espéreme un momento. Dice mirándola.
El vendedor se fue a un rincón del local a conversar con el hombre. Ella continuó mirando el celular, que flotaba entre la niebla de neón y se dio cuenta que la vitrina había quedado sin llave. El corazón se le aceleró. Miró a sus espaldas. El vendedor trataba de calmar al hombre, que parecía más molesto. Las manos empezaron a temblarle. Con mucha suavidad, abrió la pequeña puerta de la vitrina y sacó el celular. Lo guardó en su bolso color aguamarina. Es una muy buena imitación, pensó.
Ya regresamos con: XXX
Continuamos con: XXX
—Otro día vengo. Dijo con la voz quebrada, casi inaudible, y sin mirar al vendedor. Sus piernas temblaban. Se subió al primer taxi que vio.
—Yo hasta allá no me meto. Le dijo el taxista. —Si quiere la dejo en la entraba, por la avenida.
Ella asintió. Tenía la mano sobre el bolso, pero no se atrevía a sacar el celular, porque acababa de pensar en algo:
Celulares de exhibición. Generalmente los celulares que vemos en las vitrinas, son solo formas, señuelos con forma de teléfonos móviles, caparazones. Así que tiene miedo de verlo, miedo de decepcionarse. Pero se dijo una y otra vez que no podía ser.
—¿Y si lo saco y salgo de dudas? Quizás me lo robe el taxista. Se dijo.
Cuando se bajó del taxi la primera sensación que tuvo, fue la sus tacones hundiéndose. A lo lejos vio la punta de la torre de alta tensión. El lugar donde se encuentra la torre, es un lote baldío y oscuro, es el puente que comunica a la ciudad y el barrio casi rural donde ella vive.
Una sombra se acerca a ella. Deja de acariciar el celular. Aprieta el bolso con mucha fuerza. La sombra es un tipo alto que acaba de pasar a su lado. El tipo se aleja. El tipo se detiene. Esta a sus espaldas. Ella camina más rápido, pero siente que se acerca, siente su olor, escucha sus pasos, siente que está a punto de tocarla. Está paralizada. El zumbido de los gusanos eléctricos es lo único que escucha.
—¡Que me entregue el bolso! La voz suena como un eco en la lejanía.
Siente un tirón fortísimo en el bolso. No lo suelta. Siente algo cerca a su cuello. Algo frío toca su garganta.
—Por favor, por favor, no me haga nada. Los labios se le secaron.
El tipo la huele.
—Acuéstese.
Ella se acuesta. El se deja caer sobre ella y empieza a apretar su pelvis contra la suya.
Desde donde está acostada, puede ver los hilos azules que desaparecen para irse por cables pesados y curvos hasta otra torre y hasta otra. El tipo huele bien. Se siente culpable. El tipo se mueve con más fuerza. Protectores de pantalla, María Farina, plástico, arroz blanco, lámparas de sodio, tengo hambre, taxímetro, cáncer de ovarios, gusanos espectrales. Tiene que pensar en otras cosas. Parapolítica, calor, sillas Rimax, televisión por cable, condón, cáscaras de plátano, rápido, 840, sopa, cámara de 3 megapixeles, saliva, 10.000 voltios. El tipo tiembla, respira incómodo, se mueve más rápido, se abre el pantalón.
El semen se resbala sobre su falda hasta que una pequeña gota toca su piel. El tipo se cierra el pantalón, descansa un instante y mira a su alrededor. De nuevo, intenta quitarle el bolso, pero ella lo tiene bien agarrado. El le da dos patadas en las costillas.
En una casa pequeña con paredes grises, sin pintura, un hombre mayor y dos niños adolescentes, sentados en un sofá rojo, con un ventilador a toda velocidad, están viendo una telenovela. Una mujer con un uniforme gris, con una falda mojada y un par de tacones en las manos. Abre la puerta que da a la calle. El hombre mayor, al verla, asustado, le pregunta:
—¿¡Qué te pasó!?
—Me robaron el celular.
Versus
•Mayo 31, 2009 • 1 comentarioEn todo el lugar se siente un olor a desinfectante. El tipo de la pequeña cresta pintada de rojo, tiene el brazo derecho sobre el cuello de una rubia natural de ojos grandes y muy, muy negros. Al otro extremo de la mesa hay otros dos, uno de ellos lleva una gorra amarilla y el otro unos lentes de nácar oscuros. El de la gorra amarilla pasa la mirada por el de la cresta, luego la pasa por la rubia y termina en el de las gafas oscuras. Después, aburrido, levanta la mirada hacia el techo, mientras le da vueltas con su mano, una y otra vez, a un encendedor de plástico morado. La gente entra y sale del lugar sin detenerse a mirar la mesa donde ellos cuatro están sentados. La rubia se acomoda en la silla y su pie golpea la mesa, un par botellas de cevezas se tambalean. Afuera, la brisa revuelve la basura.
El encendedor morado sigue dando vueltas. Los ojos del tipo que le da vueltas al encendedor, se mueven buscando algo en la superficie lisa del cielorraso. Sus ojos se detienen, baja la cabeza y sin mirar a nadie, dice:
—El otro día vi una película en la que había un man que se llamaba Pelé y se la pasaba tocando canciones de David Bowie pero con melodías de bossa nova…
El de la cresta roja se rasca el mentón, el de las gafas oscuras sigue mirando a un niño rubio como de trece años que tiene la boca llena de pegante y que está cerca a la entrada. La rubia se muerde la uña del dedo meñique de la mano izquierda mientras fuma un cigarrillo mentolado.
—…Y trabajaba en un submarino.
La rubia toma una de las botella de cerveza que están en la mesa, la levanta, la mira a contraluz y se da cuenta que está casi vacía.
—¿Porqué siempre tienes que estar inventando cuentos raros? Dice el de la cresta, y escupe sobre un pequeño charco de saliva que hay a su lado.
La rubia levanta la botella vacía y se la muestra a un tipo como de cincuenta y tantos años que está detrás del mostrador.
—Pero es verdad… Y hace versiones bossa de Bowie.
—¿David Bowie? ¿A quién le importa la música de ese marica?
El de las gafas oscuras mira al de la cresta. El de la cresta le responde.
—Si. Porque pinta de marica si tiene. ¡Además, la única música que importa es el Punk!
El tipo que estaba detrás del mostrador se acerca a la mesa con cuatro cervezas, pero tiene que esperar a que la rubia quite unas botellas vacías y haga espacio para las cervezas nuevas. El de las gafas oscuras mira al de la cresta y con una voz casi femenina, le dice.
—Te recuerdo que estamos en una tienda… Escuchando Olímpica Stereo.
El de la cresta se pasa la mano por el cabello con mucha suavidad, se limpia el sudor de la frente, deja caer el brazo que tiene detrás del cuello de la rubia de ojos negrísimos, le agarra la teta y empieza a jugar con el pezón por encima de la tela sintética de la blusa.
—Si, estamos en una tienda; pero solo porque en Punk-O-Rama la cerveza es más cara.
—Doscientos pesos más cara. Dice el de las gafas oscuras.
—¿Cómo? Dice la rubia. –Es que el volumen está muy alto.
—Que yo si le creo. Mira al de la gorra por encima de sus gafas de nácar. -Yo vi una película en la que había un tipo que tocaba el bandoneón. Hacia versiones tangueras de los Sex Pistols, y se llamaba Diego.
El de la gorra amarilla mira al de los lentes oscuros.
—¿Me estás mamando gallo?
—¿Tu que crees? Dice la rubia.
El de la gorra amarilla ignora a la rubia. El de la cresta mira al de la gorra.
—Maradona es mejor que Pelé.
—¡¿Que qué?! ¿Y eso que tiene que ver con lo que estamos hablando?
El niño con la boca llena de pegante se acerca al de las gafas oscuras.
—Regálame doscientos pesos.
—Pídeselos a él (señala al de la cresta)
El niño se acerca al de la cresta y se para al lado del charco de saliva.
—Nojoda pelao, tu crees que si yo tuviera esos doscientos pesos no estaría en algún lugar donde sintiera la anarquía.
El niño lo mira sin entender a que se refiere.
—No pelao, no tengo plata. Dice el de la cresta.
El niño se va y se queda de pie en el mismo lugar donde estaba.
—¿Por qué crees que el tipo de la película hace versiones de los Sex Pistols?
Una mujer muy gorda, que parece no tener cuello, se acerca a la rockola.
—¿Porque los Sex Pistols son los mejores? Dice el de las gafas oscuras.
—¡Exacto!
Cuando ha escuchado el sonido de las monedas caer entro de la rockola, la mujer gorda y sin cuello mira al tendero y le dice algo con un gesto de la mano.
—Pero si eso se lo acaba de inventar el. Dice el de la gorra.
—¿Me estás diciendo mentiroso? Dice el de las gafas de nácar sin dejar de mirar a la calle.
La música se detiene. La gorda oprime un par de teclas en el aparato, y un bolero de Daniel Santos empieza a sonar muy fuerte.
—Si. Quítate las gafas, mírame a los ojos y dime que esa película existe.
El de las gafas lo mira, se quita las gafas y le dice:
—Si existe, la vi en televisión. A las dos. De madrugada.
—¿Tu has escuchado hablar de la iglesia maradoniana? Maradona fue elegido en el año 99, ¿o en el 2000?, no me acuerdo, el mejor jugador de la historia en una votación en internet. Grita el de la cresta.
La rubia inclina un poco la cabeza que está bajo el brazo del tipo de la cresta y lo mira con sus ojos negros e inmensos.
—Obviamente que ganó. Los que votaron por Maradona son pelaitos que solo lo vieron jugar el. Y se la pasan en internet.
Él le suelta la teta y la echa a un lado.
—¿Y tu que culo sabes de fútbol?
—Si. ¿Tu que mondá sabes de fútbol? Grita el de la gorra amarilla.
El de la cresta se pone de pie y mira al de la gorra.
—La próxima vez que le hables así a ella, te parto la cara.
El de la gorra se levanta de su silla.
—Lo Sex Pistols eran una mierda. Dice el de la gorra. –El bajista parecía que tuviera sida… Se parecía al pelaito ese. Señala al niño que tiene la boca llena de pegante.
El de la cresta empieza a quitarse la chaqueta, y poco a poco una camiseta pesada y oscurecida por el sudor, empieza a verse. La gorda y un anciano que están en la tienda observan la discusión. El tipo deja la chaqueta sobre la silla y señala al de la gorra amarilla.
—¡Sid Vicius era un dios! Es la última vez que lo comparas con el hijueputa ese. Señala al niño que tiene la boca llena de pegante.
—Y Maradona es un periquero. Cuando termina de decir esto, el de la gorra amarilla se toma un trago de cerveza, se quita la gorra, se quita la camisa y sale a la calle. El de la cresta sale de la tienda. La rubia mira al de la cresta salir, se levanta y se acerca al mostrador.
—¿Me presta un baño?
El tendero le señala un rincón en le que hay una puerta verde oscuro con la pintura descascarada. La rubia se acerca al rincón. La gorda y el anciano ya han salido. Afuera, el descamisado y el de la cresta, están frente a frente. El descamisado lanza una patada y el de la cresta al querer esquivarla, se tropieza con una piedra y cae de espaldas. Ahora los dos son una masa de cuatro piernas rodando por le suelo. La gente los rodea, nadie se mete. El de la voz femenina se acomoda las gafas y observa todo desde el umbral de la tienda. El tendero está a su lado, mirando la pelea, secándose el sudor con un pedazo de tela roja.
El niño que tiene la boca llena de pegante entra a la tienda. El tendero lo ignora. El otro se quita los lentes de nácar y lo sigue con la mirada. Se acerca a la mesa donde estaban los cuatro, toma la chaqueta, revisa todos los bolsillos y al final, saca unos cuantos billetes y un par de monedas. El niño mira al de las gafas. El de las gafas guarda silencio. El niño se acerca al mostrador, golpea en el vidrio con una de las monedas, espera un momento, vuelve a golpear, el tendero voltea, ve al niño al lado del mostrador, voltea nuevamente para mirar la pelea. El niño golpea el vidrio con más fuerza. El tendero se acerca al mostrador.
—¿Qué quieres?
El niño señala algo que está en un estante. El tendero mira al estante y estira la mano hacia el niño. Un billete se posa en la mano del tendero, que enseguida se acerca al estante, toma una botella de pegante y se la da. El niño mira la botella. El tendero mete la mano en un frasco que está lleno de colores y toma un dulce de coco. El niño le arrebata el dulce de la mano.
—Límpiate la boca. Le dice al niño, mirando hacia la calle.
—No sea sapo. Dice el niño en voz baja.
El tendero se acerca a la puerta y sigue viendo la pelea. El niño se da la vuelta y mientras camina hacia la salida, destapa la botella, se la acerca a la boca y cuando pasa por la puerta y el olor inunda el ambiente, el muchacho que está en la puerta y que tiene unas gafas de nácar oscuro en una de sus manos, le toca la cabeza con un gesto de cariño.
Palabras x Centavos
•Mayo 25, 2009 • 3 comentariosLos Viajes del Viento
•Mayo 9, 2009 • Deja un comentario
El Director Ciro Guerra, conocido por su interesante ópera prima, La Sombra del Caminante, está empeñado, en su segunda película, Los Viajes del Viento, en demostrar que la Costa Caribe colombiana no es solo vallenato, porque también hay música de tambores que no le debe nada a la cumbia, cantos de vaquería entonados por vaqueros que no fuman Marlboro, que además de palmeras, mataratones y palos de mango, también hay una flora diferente y bella, que además de El Rodadero, el Parque Tayrona y Cartagena, existen otros paisajes, con playones, ciénagas, ríos, serranías, que también hay frío, que se hablan otras lenguas además del español -Bantú, Wayunayky, Ikn- que no todo el mundo anda por ahí con un sombrero vueltiao en la cabeza, que hay un país costeño diferente al de García Márquez, que la costa es diversa y virgen, profunda y hermosa, que no todos los costeños se tutean indiscriminadamente, que algunos incluso también hablan de usted todo el tiempo, que pueden ser parcos, austeros, aburridores hasta el cansancio. Pero sobre todo, el director está empeñado en demostrar que en la costa norte, no existen historias interesantes ni personajes atractivos.
En esta película, el director demuestra todo lo que se propone.
Un Lienzo Perdido en el Tiempo (Una mirada retrospectiva al FESTIVAL DE LA LEYENDA VALLENATA)*
•Abril 30, 2009 • Deja un comentario
Hoy, desde acá, desde Barranquilla, escucho en el noticiero el anuncio del comienzo del “Festival de la Leyenda Vallenata ”, veo el nuevo escenario donde se coronará a un rey más, veo el desfile de luminarias, estrellas, cantantes que se mostrarán este año sobre la tarima “Colacho Mendoza”, pero nada me interesa, no me interesa estar allá, ni Colacho, que es como un mártir, no extraño las garrafas de aguardiente barato, ni tampoco el frenesí de las calles que pintan dos semanas antes, ni las mujeres hermosas y calientes, ahora sólo puedo extrañarla a ella.
En realidad el Festival para mí no significa sólo música, o folklore, es más bien una costra de recuerdos que merodean alrededor de la plaza con los ojos bien abiertos. La herida me rasca, y ya saben ustedes lo molestas que son las plaquetas solidificándose justo sobre la rodilla, me sigo rascando, desprendiendo la llaga, y entre la materia brotan hermosos recuerdos…
Aquellos recuerdos de varios años que se funden en la Plaza repetida y distinta a través del tiempo, del tiempo que no pasa sobre la leyenda, sobre el pie campesino de Alejo, sobre su piel negra tenzándose millones de veces sobre sus tendones que son como tubos de donde emana la música, reuniéndose solo para ser la raíz que te clava sus garras y te impregna de vallenato, de campo, de un ritmo que suena sacro en la montaña y sencillamente bello en el acetato, que recuerdas cada minuto en el ayer y que te jala hacia su templo, hacia aquella noche que recordaré por siempre en la plaza.
Tendría yo unos quince años, y no me dejaban salir por mis malas notas; al final, después de muchas caras lastimeras, mi papá me dio dinero y me fui caminando. En aquella época no cobraban la entrada, había suficiente para tomar, y desde antes de llegar se podía sentir la música, las cajas retumbando, la guacharaca raspando las estrellas, el rumor de las voces, la euforia, el desenfreno. Me acerqué a la esquina donde se reunía la gente de mi curso.
En aquella época la plaza no se llenaba tanto, así que se podía caminar de lado a lado con relativa facilidad. Pero antes déjenme ubicarlos dentro del mapa de la plaza Alfonso López en ese entonces: la plaza está en el centro de Valledupar, rodeada de casas frescas, blancas y muy antiguas, las familias que las habitan también son así. Hacia el norte, detrás de la tarima Francisco El Hombre, se ubica la gente que se considera de clase alta (todos creen tener derecho de estar ahí) y bajando hacia el sur, los abolengos disminuyen hasta llegar detrás del Palo e’ Mango, donde hay fritangas que despiden un delicioso olor a chorizo. Pues bien, esa noche, sentí el olor a amoniaco, el olor a meao que se percibía en el aire, y que todo el mundo se empeña en ignorar, pero el olor a amoniaco no discrimina, esto lo supe siempre, y me daba derecho a sentarme en todos lados, durante toda mi vida.
Doy varias vueltas y luego me meto dentro del público; hay sudor y huele a grajo; hay pisotones, madrazos y una piedra del tamaño de un balón de microfutbol que casi me cae en la espalda, acordeones agitadas cargadas de aire, y por último 367 bolillazos caen sobre un borracho; salimos luego a las zonas despejadas y seguimos tomando con afán; la plaza está sucia y melódica, la recuerdo con claridad, la plaza era empedrada, no conocía las baldosas, y sobre esas piedras que narran historias de odio, veo un indio borracho, escucho una voz que dice “tiene tres días tomando chirrinchi” todos hacemos ronda y entre las palmas que intentan llevar el ritmo que explota en la tarima, el indio intenta seguir un paso, baila como si estuviera exhibiéndose en un museo de Londres, desprovisto de orgullo; luego, cae vencido y un río de baba alcanza su cabellera; algunos buscan plata en su mochila, como no hay, toman las hojas de coca y las mascan; su mujer sentada a su lado y cargando a dos niños espera a que se despierte como si esperara el amor; la gente da la espalda y pasa sobre él, que se pierde, y en sus sueños se escucha un acordeón tocando una puya.
Siempre llueve en festival, sobre todo el día de la final, hoy es la final, y la lluvia está fría, me logro acomodar debajo de un alar. Todos, apretados, buscan un refugio, y por ese miedo a la lluvia una muchacha se recuesta contra mí, con fuerza; está casi rozando los chorros que caen del techo derramando frió y pieles erizadas que buscan calor, y como ya les dije, tenía quince años, tal vez menos, y mi edad y sentimientos nuevos y eléctricos me impulsan a colocar mi mano sobre las nalgas de la muchacha, que no reacciona, pero yo sí, y mi pantalón, que es de un dril ligero, no funciona también como un jean, y la lluvia que amaina, y la temperatura que sube, y ella que empieza a sentirse incomoda, como si un animal le aruñara la espalda, y yo rogando que no se vaya, porque tengo pena, porque me da vergüenza que me descubra excitado como un adolescente…
Se va a anunciar el ganador, todos salen corriendo y quedo solo bajo el alar sin nadie que me señale, libre de toda culpa. Hay calor en el sereno, pasión, bandos que apoyan a su candidato, parcialidades asesinas que quieren ganar, carteles amarillos y sus consignas de apoyo, escurridas y borradas por el agua en un azaroso desorden de belleza entre mil colores, gritos roncos, un jurado de celebridades deliberando, voces que dicen que ganará este o el otro, que ya todo está comprado, botellas que se rompen antes de tiempo, piedras que se empuñan por si no gana el candidato, y de repente la figura del Nóbel colombiano acercándose, cometiendo un error, no dejando que Jaime Pérez Parodi, que es quien siempre lee o leía el ganador, haga su trabajo, y entonces, ahí está Gabo tan inocente, dando el nombre de el nuevo rey de la leyenda vallenata, y como donde hay ganadores siempre hay perdedores, ya no sólo llueve agua sino piedras y botellas, y una de ellas, me atrevería a decir, ¡sí, lo recuerdo claramente!, una pipona de aguardiente antioqueño roza la cara del escritor y la policía loca e inepta, suponiendo que Colombia conocía la prudencia, actúa demasiado tarde, socorren al escritor, y entre uno que otro “cara e’ verga” “ratero”, el festival y su efímero e inconcluso encanto se extingue entre la violencia desconsolada de los desafortunados.
Me voy con mis amigos a casa de Giovanni en el barrio “El Cañauhate”, que está cerca, esperando que baje la marea, y buscando abrigo; luego volvemos a las cuatro de la mañana, ya queda poca gente, y por eso el olor a amoniaco se percibe con fuerza aniquiladora, y los bomberos limpiando el piso con las mangueras, los borrachos vomitando, yo, observando y deseando que el festival demorara un año, todos, con una mirada de ternura vidriosa, nos quedamos sentados, escuchando las acordeones soeces que salen de las gargantas inflamadas.
Recuerdo tantas cosas en la plaza; pero recordando y recordando, caigo en cuenta que yo no estaba allí cuando pasó lo de García Márquez, en realidad lo vi por televisión, y en mi casa se escuchaban los ecos reales de la música. No fui allá porque apenas tendría unos doce años, también recuerdo que cuando tenia doce años, Omar Geles, “El Diablito” fue el rey, y en un concurso de pintura pinté con tizas y crayolas, a Geles ganando, y a la gente feliz viéndolo ganar, y yo también gané, el concurso fue mío, y les pareció muy autóctono, no me sorprendí, ya sabía que les iba a gustar; no por su calidad artística, sino por que mostraba la tarima, un sitial alto; pero lo que me gustaba, y lo que nadie miró, era la gente que allí plasmé, las pancartas, el sudor, la angustia, la rabia, que se mezclaban todos con la estética de un pueblo, con el acordeón roto que es Colombia, al que se le escapa el último aliento de vida, y que por algún extraño motivo ríe hasta desconcertarnos, ríe hasta contagiarnos de Patria Boba y bonita.
Entonces señores, como les venía diciendo, esta fiesta no es Alfonso López, ni las estrellas Pop, ni un grupo de maricones que pagan una fortuna para sentarse cerca de la tarima para que los vean, ni siquiera es Francisco el Hombre o la misma plaza, que ya no existe, esto es la gente, la misma que tanto nos molesta y sin la que no podemos vivir, la que se está muriendo y la mata el tiempo, el festival es una ciudad disfrazada, el timbre del recreo, una botella de ron donde se ahogan las esperanzas triviales, sonrisas, peleas, una noche que son todas las noches en un recuerdo, una belleza que está por encima de sí misma, un cuadro que acabo de volver a pintar quince años después, y que esta vez sí quiero firmar.
*Publicado en la revista electrónica Changalele, abril de 2004
Palabras x Centavos
•Diciembre 14, 2008 • 2 comentariosTu
Fuiste arena dentro de mis zapatos
En el desierto de La Alta Guajira
Al mediodía